Como ya indiqué en mi anterior artículo
‘Spoilers’ (ese artículo fue escrito en octubre, si deseas leerlo ahora: Click: Leer articulo SPOILERS. ), comenzaba a leer en aquel momento la novela
‘El Libro Negro’ (Me gusta más su título
en turco: Kara Kitap) del nóbel Orhan Pamuk, y, aunque con algunas heridas y
traumas sicológicos, hace ya unos
cuantos días llegué al final, y llegué como aquél que acaba de atravesar una
selva espesa de penumbra y niebla casi constante, pero todavía no estaba muy seguro de si de veras había alcanzado
el lindero o aún seguía en un engañoso final, porque había quedado atrapado
para siempre en aquel bosque encantado como un simple Jack Torrance en ‘El Resplandor’ (Stephen King), aunque con la
diferencia de si realmente yo deseaba salir o permanecer allí durante mucho
tiempo, porque el escenario no es un hotel vacio, sino un Estambul frio, ambiguo, con gente y olor a
especias; lleno de personajes que se mueven en taxis colectivos por calles de gente
difusa, apretada y medio misteriosa entre
historias y voces complejas; un Estambul casi onírico al que me quedé pegado.
En
las primeras páginas tuve la impresión de cierta similitud con alguna atmósfera
kafkiana, pero no, en el Libro Negro comencé a moverme entre espejos puestos delante de
espejos que unas veces reflejaban a la propia persona y otras veces mostraban figuras
desconocidas. La historia avanza, y se complica, con dos voces que en alguna
ocasión se confunden intencionadamente; aparecen personajes salidos de improviso
con la necesidad de explicar una historia —y así el libro a veces roza a las
‘Mil y una noches’—; historias independientes de gente sin mayor trascendencia
pero cada una con un trasfondo similar: la confusión de la identidad propia y
la dificultad de ser uno mismo (eje de la novela), porque cada narrador
espontáneo parece saber desde siempre lo que el protagonista se calla a sí
mismo.
En
algún lugar de la novela se dice que los recuerdos pasan pero dejan rastro, y
después un viejo periodista y escritor (cito de memoria) le dice a Galip (el
protagonista principal cuya obsesión visible es encontrar a su esposa que lo
acaba de dejar), que se plantee una historia donde la relación entre el pasado
y el futuro sea el verdadero motivo del relato y no la búsqueda de su propia
mujer, porque sólo en los recuerdos puede encontrarla.
Pensé
que era posible que el viejo periodista
también le estuviese diciendo (y esto es una percepción mía) que es ahí donde
se encontraría a sí mismo, porque cuando caemos, o hurgamos, en los recuerdos, bien
sea al querer recordar situaciones y conversaciones, o bien sea al esforzamos en
volver a lugares que ya habíamos visitado en el pasado, es porque en ellos a
quien realmente estamos buscando es a
nosotros mismos. Pero en ambos casos —situaciones o lugares—, puede que los
personajes anden tras una respuesta a una pregunta mal planteada que ni
siquiera se hayan atrevido a hacerse en toda su magnitud, porque esa respuesta les
puede llevar al lugar y al tiempo donde se comenzó a destruir una persona y a
construir la esencia de lo que son y lo
que no son en la actualidad: un libro negro.
Como
nos sucede a muchos en algún momento, Galip, a partir de ciertos hechos que
ocurren en la novela, se siente el héroe de su propia vida-película, y con el
aparente control de su persona obvía el miedo a llegar a ese lugar y tiempo
crucial donde había comenzado a dejar de ser uno para ser otro y, también como nosotros,
inicia una búsqueda —no sé si conscientemente o no— de las cosas a través de
las cuales pueda identificarse, porque en las cosas en que uno se identifica,
se encuentra la verdadera identidad.
—Nos reflejamos en aquello que nos
identificamos —parece decir el personaje.
Y
es cuando comienza a identificarse en otra persona cuando aparece su propia
personalidad y ¡Stop!, puedo caer en el efecto ‘Spoiler’.
También
Estambul cuenta, porque es protagonista y espejo en el que se ve Galip: su historia oscilante, entre dos continentes,
su compleja cultura ‘bipolar’, su filosofía derviche
en busca de la unidad y su necesidad
de ser ella misma se ve descrita en sus barrios, cafés, mezquitas, zocos,
dédalos de calles con gentes que viven con cada pie, o con cada parte de su
mente, en lados opuestos; como si fuese toda la ciudad una sola persona, pero ella
no se refleja delante del espejo del País de las Maravillas, sino en las aguas
que la rodea; que la separa y que la intercomunica al mismo tiempo Y esto,
entre otras cosas que surgen en la novela, hace que la ciudad sea un ente atractivo pero inquietante,
como cuando nos enamoramos de alguien desconocido o nos vamos conociendo a
nosotros mismos a medida que nos introducimos, sin maquillaje, por callejones oscuros
que igual desembocan en espléndidas avenidas como en sórdidos solares de
desechos y desperdicios.
Se
abren muchos hilos en sus páginas que también se cierran, pero algunos quedan
abiertos porque debe ser así, de lo contrario, podríamos pensar que ya nos
han engañado con una aventurita tonta de
Hollywood con su asesinato incluido, pero nada más lejos, y por eso opino que
si tuviese que reducir a una simple frase el motivo de ‘El Libro Negro’, sin estar completamente
seguro, diría que tiene su base en la
identidad propia; en ser uno mismo a pesar de la casi imposibilidad de lograrlo,
aunque esto sólo es una percepción, porque
si la vuelvo a leer, cosa muy probable, puede que aún encuentre otros motivos
en las muchas ideas, sugerencias, proposiciones y demás pensamientos que se
abren a lo largo de la lectura y que aún tengo presentes.
En momentos de alucinación lírica me pregunto qué
pasaría si me empeño con mucha voluntad en coincidir con la mujer turca que
leía ‘Kara Kitap’ en el tren porque es ella quien ha dado pie a los dos textos,
y convertirme yo en otro Galip, pero en mi caso recorriendo la misma línea una
vez y otra en la misma dirección de aquella tarde, porque ya me estoy
preguntando si aquella mujer me puede decir cosas de mí que aún no sé, o que me
dan cierto temor de saber y de recuperar porque no sé cómo encajarían en mi conciencia
actual, pues nadie sabe si aquel encuentro del tren no fue más que una mera
casualidad o una advertencia de mi destino: he aquí otro hilo abierto por culpa
del Kara Kitap.
Ll.
L.S.
Imagen de
portada: ‘En el Zoco’ de Joan López
