Buen día,
publiqué hace unos días en esta misma sección: MILONGA, dentro de mi nuevo
trabajo ‘19 Cuadros…’, hoy muestro la introducción y otro relato del conjunto:
BESO.
Un muy
cordial saludo
La introducción:
Contrabandistas, policías y carabineros,
músicos, vagabundos, magos, gente del mar y algún suicida, delincuentes,
pescadores, escritores, desertores, borrachos, monjas, sinvergüenzas,
prostitutas y otros personajes y situaciones —que si ni todas son mentira,
juraría que tampoco han sido verdad del todo—, aparecen en vuestros relatos.
Historias de las que se habla cuando se
habla sobre las cosas que nos han
pasado, o que no, y de las que intuimos que esconden algo que no sabemos
explicar. Relatos cortos con poco adorno, casi inaprensibles a su paso, como
una intuición o como un sueño: pero así me los contasteis y que yo sólo he
ordenado, dejando cada uno en el lugar
que a mí me ha parecido más oportuno; como cajas de música en un conjunto
que no está construido al azar.
Tres cosas me han llamado la atención: la
primera es que en casi todas vuestras historias aparecen la noche y el mar
¿Será porque de noche los acontecimientos parecen más breves, aunque sea para
explicarnos toda una vida que de forma incomprensible parecen derivar de pronto
hacia un camino que se pierde en un espacio inaudito? La segunda, es que muchos de vosotros ni me dijisteis
vuestros nombres, supongo que no los
debisteis considerar significativos ni elementos invariables, y la tercera es
que en la mayor parte aparece el concepto de viaje, lejos, casi siempre por mar, no sé si simbólico o
real, pero vosotros sabréis el por qué.
¿Dónde estáis hoy día?
Vosotros, y
también vuestras voces, me parecen ahora estar muy lejos, y os recuerdo
como a cuadros que vi alguna vez en una exposición anónima.
Y el segundo relato de 19 Cuadros… que
muestro en abierto::
BESO
(Este
relato ya ha recibido buena acogida y comentarios, pero copio uno que me ha hecho gracia:
“indebida…mente sorprendente” de Fabio
Descalzi.
Cuando leí
lo de “Indebida” me alarmé un poco (¿Por dónde me van a salir ahora?), si
hubiese sido “Incorrecta…” lo hubiese entendido, pero enseguida se aclaró, y
sonreí con el ingenio)
El trabajo de vigilante nocturno en el muelle de San Beltrán es duro, por eso sólo nos atrevemos
con él los más osados; quienes estamos a la vuelta de todo pero aún guardamos
violencia y rabia en el talante, o a quienes no nos gusta demasiado doblar el
lomo como esos desgraciados estibadores, que antes de los cuarenta ya andan más torcidos que los ganchos con que levantan fardos.
Mi jornada siempre acababa a
las seis de la mañana, todo el año: catorce noches seguidas y una de descanso,
cayese cuando cayese. Algunas noches, cuando en invierno el frío y la humedad nos hacían olvidar hasta nuestro propio nombre, nos juntábamos los tres
vigilantes y, aunque lo teníamos prohibido, encendíamos una hoguera dentro de
algún bidón viejo entre medio de los tinglados a la que solían acudir, como
alimañas atraídas por la luz, los vagabundos y delincuentes de medio pelo que
merodeaban por el puerto.
Ellos, que conocían los
horarios de nuestras rondas, aprovechaban los momentos vacíos para robar lo que
podían, aunque nosotros les dejábamos, porque al fin y al cabo no eran más que cosas casi
malogradas y simples de tan poco valor como su vida: unos puñados de grano, unos kilos de azúcar,
sal, harina..., tan poco, que a veces no nos molestábamos ni en correr detrás
de ellos, y total ¿Para qué?: un par de guantazos, algún porrazo y dejar lo que
habían cogido para que se lo llevase otro. Y así pasábamos la noche.
Una madrugada de febrero en la
que cortaba un inhumano viento del norte, nos habíamos apretado en torno al fuego
prohibido los vigilantes, una decena de pordioseros a quienes en las noches de
frío les dejábamos acercar a nuestro fuego —y de esta forma, como los teníamos
controlados, nos ahorrábamos alguna caminata entre la oscuridad y el helor—, y una manada de ratas que nos observaban a
una treintena de pasos, las pobres.
Casi nunca hablábamos con los
miserables, como mucho les pasábamos
la botella de vino o de cazalla, si nos
sobraba a nosotros, y a lo que siempre nos contestaban lo mismo:
—Gracias jefe.
Pero esa noche, entre la
pandilla de infelices, vi una cabeza
cubierta por una manta cochambrosa que cerraba un rostro moreno con unos ojos negros y grandes en los que brillaba
nuestro fuego furtivo, y que me miraban como si de veras yo fuese el jefe de
aquella especie de manada mezcla de legales y de delincuentes. En toda la noche
los ojos de la cría —no debía tener más de dieciséis años—, no me los pude
quitar de encima, y me estaban diciendo
algo que yo aún no podía comprender. Pero fuese lo fuese lo que me querían
decir, debió llegar hasta un lugar tan
escondido de mi persona que, aunque yo no sabía ni que existiese, muy importante debía ser el sitio en donde se guardó, porque
ya nunca más pude olvidar a la gitanilla ni a su mirada.
Acabó mi turno y antes de ir a casa
con Delia, mi mujer, me acerqué por donde la Marisa, la otra, como hacía muchos
días, y en su cama me quité el frío
hasta cerca de las ocho de la mañana. Cuando salí de su casa aún era noche
y, lo primero que pensé al pisar la
calle, fue que ojalá nunca más volviese el sol.
En casa, mi
mujer me esperaba sentada en la mesa bebiendo un café muy negro. No nos dijimos
nada pero yo le cogí la mano y le noté las arrugas que comenzaban a hacérsele
en la piel. Me di cuenta de los años que hacía
que no le cogía las manos a Delia. Nos miramos. Sin saber por qué, me
levanté y me senté a su lado y la besé en la cara, suponiendo que besaría
también el frío de su rostro y sus
arrugas pequeñas, pero besé una mejilla cálida. Cuando me aparté para besarle
el otro lado de la cara, nos rozamos los labios, y no fueron los suyos, ni los
míos, me detuve en su boca, o ella en la mía, y nos dimos un beso como creo que
no nos lo habíamos dado en toda nuestra vida. Con aquel beso yo deseaba que
ella entrase en mí y Delia deseaba que yo fuese ella, y los dos queríamos ser
una sola persona durante todo el tiempo
que duró. Después le besé la nariz, la barbilla, la oreja, volví a su boca, nos
separamos y nos quedamos mirándonos en silencio todo el tiempo que quisimos,
hasta que tuvimos vergüenza de mirarnos porque nos parecía que estábamos haciendo
algo prohibido.
Comencé a desnudarla, y ella a
mí, y nos amamos en el suelo, allí mismo, con la luz de la mañana. Nuestros
amores, que siempre habían sido apretones nocturnos y sin palabras pero con
olor a cazalla; amores de cosa a oscuras para que pasasen medio inadvertidos y
así poder dudar luego de que habíamos sido nosotros, fueron entonces amores
bajo la luz que no disimula nada.
Y vi sudar a Delia y la oí
gritar, la vi morderse los labios; apretar los ojos mientras caía por el abismo,
o quizás es que quería fijar para siempre en su memoria aquel arranque que
vivíamos como novatos; vi, creo que por
primera vez, toda la belleza de su sexo cuando se despertaba y se abría a la
mañana, a mí, a nosotros dos. Nos amamos varias veces más durante el día,
mirándonos y observándonos, emborrachados por culpa de la luz que cambiaba con las horas y que
también nos arrastraba con ella a Delia y a mí, y aún continuamos con lo
nuestro durante esa noche que pasé en casa porque era mi turno de descanso, aunque para nosotros ya no fue otra noche más
de nieblas y trámite, sino que fue una noche grande, porque a veces me pareció
que nos amábamos en medio del desierto,
o del mar, bajo la mirada de miles de estrellas
sinvergüenzas que se burlaban de nosotros dos.
Al día siguiente dormimos hasta
la tarde. Cuando nos despertamos nos miramos,
reímos sin saber de qué y volvimos a darnos un beso, y sólo uno: casi
como el que nos sacudió el día anterior de aquella forma imposible de explicar
y de predecir tan sólo veinticuatro horas antes.
Mientras me vestía me acordé de
la gitanilla y comprendí que, sin saberlo, ella
había estado escondida en mi
cabeza desde que la vi en mi última noche de trabajo. Al despedirme de Delia,
un último beso, éste de ritual, y mientras la miraba apoyada en la puerta, creo
que entendió que ya no habría más “Marisas” en mi vida.
Durante la noche, el viento
helador que no pararía en todo el mes de
febrero, nos obligó a encender la hoguera del bidón y volvió a atraer a los
ladronzuelos de cada noche. Busqué entre ellos a la muchacha, pero no la vi,
cuando les pasé un paquete de cigarrillos para que fumasen les pregunté por la
cría de la otra noche. Algunos se rieron.
—¿Qué cría, jefe? Aquí no
queremos mujeres, esto es sólo para los
hombres.
—¡La cría aquélla, joder! La
que anteayer estaba sentada ahí, entre
tú y tú.
—Que no jefe, que no, que aquí
mujeres no, ni viejas ni maduras ni jóvenes.
—Hombre, que las mujeres
son para el verano, y por la noche en la
playa.
Todos rieron, hasta los otros
dos compañeros míos. Reconozco que me pasé cuando fuera de mí, cogí a
uno de los vagabundos por las solapas
del chambergo y casi lo levanté en el aire.
—¡Dime dónde está o esta noche no sales de aquí! —.Le amenacé.
El hombre se puso a temblar y todos los demás comenzaron a apartarse y a
desaparecer de nuestro rincón.
—¡Jefe, que le juro que no, por
la Virgen, que mujeres aquí no! Nunca ¡Te lo juro!
Los dos vigilantes se me
vinieron encima y me quitaron al infeliz de las manos, que salió huyendo por
las sombras, detrás de sus compinches.
—¡Basta ya! El viejo tiene
razón, aquí jamás hemos tenido mujeres, y en tu última noche de trabajo tampoco las hubo.
Cuando finalizó mi turno, tomé
una última cazalla en el kiosco que abría de madrugada para los trabajadores,
después me subí la solapa del chaquetón y me fui caminando junto a la playa
hacia el barrio de Somorrostro, si no encontraba allí a la gitanilla, la
buscaría por la Perona, por Gracia, por Hostafrancs, por las Casas Baratas, por
Can Valero, pero debía encontrarla para que me explicase —aunque fuese con una
mentira—, qué era lo que ella había despertado para que sucediese todo lo que
me sucedió en las últimas cuarenta y ocho horas y que yo no quería olvidar
nunca más.
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L.L.S.
Imagen ‘La Hoguera’ es obra de Joan López
Como en MILONGA, se
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