Amadisdetiana

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Luis López Sanz

jueves, 16 de marzo de 2017

FIESTA EN NEGRO

SCRIPTO.E, una organización de escritores solidarios va a publicar un libro con intención humanitaria, el  título es ‘EL MUNDO EN TUS MANOS’,  para  el que me pidieron conformidad para incluir un pequeño texto mío que ya publiqué hace un tiempo.
Los importes de las ventas y los derechos de autor, a los que renunciamos los autores, se donaran a  ‘MÉDICOS sin FRONTERAS’  en su lucha contra el  racismo, inmigración,  etc.
A modo de pre-anuncio, presento aquí  mi texto : ‘FIESTA EN NEGRO’, hasta que el libro salga la venta.
 Os envío a  todos un cordial saludo  y gracias.

Luis López Sanz


                                                                 FIESTA EN NEGRO


Es fiesta en el barrio: habían atrapado al negro; ya le han atado las manos a la espalda; le han puesto una cubierta de neumático de coche alrededor del cuerpo; le han vaciado una lata de gasolina por encima y que comience la juerga.  Algunos hombres hacen círculo a la hoguera, se pasan la botella y ríen.
  No hace tanto tiempo de todo esto, y te quedas dudando cuando entras en la terraza del Zúrich y me ves hablando con Jonathan; otro que tampoco es como tú, pero aún no me acabas de reconocer.
  Era fiesta en el cuartel, los hombres ríen y recuerdan la noche que entraron en la habitación del judío con tanques rompiendo cristales y destrozando a las niñas vírgenes para redimir la imperfección aria.
 Se bebe y se alborota en el barrio porque al fin han atrapado al negro.
 Los otros recuerdan que en el bosque de Buchenwald desaparecieron los pájaros cuando comenzaron a funcionar los hornos, y que en Auschwitz los niños ya no jugaron más; y que las vírgenes fueron violadas con las puntas de los cañones al rojo vivo. También recuerdan al coronel que escribía cartas de amor junto a una lámpara forrada de piel…, de piel judía.
  Ahora estamos en otro lugar, pero en la fiesta del negro algunos hombres seguían recordando el continente donde, oculta bajo las túnicas blancas, mandaba la ley de la Mágnum entre cruces quemadas para liberar la pureza de un color. 
  Ya te empiezas a acordar de mí. Hoy, aunque quizás no en tu casa, todavía se sigue tocando a degüello y a hoguera humana; se hace en nombre de algún dios que es la verdad del vencedor. Pero esto son frases, y tú por fin me acabas de reconocer, bajas la cabeza, mueves la mano para acariciar el revólver que ya no llevas.
  Bajas la cabeza un poco más.
  En la terraza del Zúrich, de madrugada, o por la mañana, o a media tarde, mi piel es blanca; o de sombra, o judía; árabe;  gitana… Me recuerdas, y miras hacia atrás; aunque ahora estamos en la terraza del Zúrich.
   Me levanto sin decir nada y paso junto a ti, me voy con Jonathan y caminando despacio nos vamos Rambla abajo. Quizás lleguemos hasta el puerto, o quizás no, pero iremos hablando sin odio de aquel negro que aprisionaron una vez con un neumático de coche… y al que luego prendieron fuego.

______ *______
L.L.S. 
Imagen: ‘Siluetas vacías’ cedida por el autor: Joan López


jueves, 9 de marzo de 2017

DEJA QUE MI ALMA


Deja que mi alma fuerte y libre
vuele y respire por amplios espacios
llenos de serena plenitud
donde el caos no encuentre voz.

Deja que mi alma.

Que mis sentimientos
sean el espejo limpio
de lo que mis oídos ven;
de lo que mis ojos oyen;
de lo que mi deseo quiere.




Que mi conciencia
permanezca clara y serena
cuando la niebla suba
y esconda las sombras
y  oculte las luces las velas  el mar.

Que mis palabras
pesen menos que las ideas;
sean  como pintura en el aire.
sean signos perdidos
sean fugados de un pasado trivial.


Deja ahora que mi memoria
sea una devoción olvidada
construida con sueños y humo;
que mi memoria sea la nada
como el olor del infinito.

Deja ya que mi alma
permanezca inalterada

fuerte  libre y norte.

                             _____ * _____

Lluis López Sanz

Llançá/Tiana

Imagen:     MANAO TUPAPAU   (L’esprit des morts veille)   de Paul Gauguin

lunes, 23 de enero de 2017

PRONTO FUIMOS SOMBRAS




Pronto fuimos unas sombras;
las sombras de una tenue polvareda;  
pronto siluetas imprecisas
que se perdieron para siempre
tras la revuelta del camino

El eco de algunas palabras,
la voz de un improbable beso:
es todo lo que quedaría  sellado
sobre la hoja de algún árbol,
entre las grietas de una roca

Las huellas, nuestras huellas paralelas,
que otros pasos borraron,
aún perdurarían en la simple grandeza
que podría contener una vida;
de un  instante sin raíz

Si pudiésemos ahora recuperarnos
en la imagen de un espejo
quizás nos diríamos:
‘Mira esas sombras lentas,
 parecemos nosotros’
  
             Si un alguien, que no existirá jamás,
viese años  más tarde
esas formas que se desvanecieron  
después del primer recodo, quizás diría:
‘Mira, si parecen ellos’

Por este camino tortuoso,
tú y yo ya no volveremos a pasar;
ya no seremos sombras
bajo la sombra de los árboles
que orillan el camino

Quizás, tampoco éramos tú y yo.


Ll.L.


La imagen ha sido realizada y cedida por Stefania Campanella

sábado, 3 de diciembre de 2016

KARA KITAP





Como ya indiqué en mi anterior artículo ‘Spoilers’ (ese artículo fue escrito en octubre, si deseas leerlo ahora: Click: Leer articulo SPOILERS. ),  comenzaba a leer en aquel momento la novela ‘El Libro Negro’  (Me gusta más su título en turco: Kara Kitap) del nóbel Orhan Pamuk, y, aunque con algunas heridas y traumas sicológicos,  hace ya unos cuantos días llegué al final, y llegué como aquél que acaba de atravesar una selva espesa de penumbra y niebla casi constante, pero todavía  no estaba muy seguro de si de veras había alcanzado el lindero o aún seguía en un engañoso final, porque había quedado atrapado para siempre en aquel bosque encantado como un simple Jack Torrance en  ‘El Resplandor’ (Stephen King), aunque con la diferencia de si realmente yo deseaba salir o permanecer allí durante mucho tiempo, porque el escenario no es un hotel vacio, sino  un Estambul frio, ambiguo, con gente y olor a especias; lleno de personajes que se mueven en taxis colectivos por calles de gente difusa,  apretada y medio misteriosa entre historias y voces complejas; un Estambul casi onírico al que me quedé pegado.
                                                  En las primeras páginas tuve la impresión de cierta similitud con alguna atmósfera kafkiana, pero no, en el Libro Negro comencé a  moverme entre espejos puestos delante de espejos que unas veces reflejaban a la propia persona y otras veces mostraban figuras desconocidas. La historia avanza, y se complica, con dos voces que en alguna ocasión se confunden intencionadamente; aparecen personajes salidos de improviso con la necesidad de explicar una historia —y así el libro a veces roza a las ‘Mil y una noches’—; historias independientes de gente sin mayor trascendencia pero cada una con un trasfondo similar: la confusión de la identidad propia y la dificultad de ser uno mismo (eje de la novela), porque cada narrador espontáneo parece saber desde siempre lo que el protagonista se calla a sí mismo.
                                                  En algún lugar de la novela se dice que los recuerdos pasan pero dejan rastro, y después un viejo periodista y escritor (cito de memoria) le dice a Galip (el protagonista principal cuya obsesión visible es encontrar a su esposa que lo acaba de dejar), que se plantee una historia donde la relación entre el pasado y el futuro sea el verdadero motivo del relato y no la búsqueda de su propia mujer, porque sólo en los recuerdos puede encontrarla.
                                                  Pensé que era  posible que el viejo periodista también le estuviese diciendo (y esto es una percepción mía) que es ahí donde se encontraría a sí mismo, porque cuando caemos, o hurgamos, en los recuerdos, bien sea al querer recordar situaciones y conversaciones, o bien sea al esforzamos en volver a lugares que ya habíamos visitado en el pasado, es porque en ellos a quien realmente estamos  buscando es a nosotros mismos. Pero en ambos casos —situaciones o lugares—, puede que los personajes anden tras una respuesta a una pregunta mal planteada que ni siquiera se hayan atrevido a hacerse en toda su magnitud, porque esa respuesta les puede llevar al lugar y al tiempo donde se comenzó a destruir una persona y a construir la esencia  de lo que son y lo que no son en la actualidad: un libro negro.
                                                  Como nos sucede a muchos en algún momento, Galip, a partir de ciertos hechos que ocurren en la novela, se siente el héroe de su propia vida-película, y con el aparente control de su persona obvía el miedo a llegar a ese lugar y tiempo crucial donde había comenzado a dejar de ser uno para ser otro y, también como nosotros, inicia una búsqueda —no sé si conscientemente o no— de las cosas a través de las cuales pueda identificarse, porque en las cosas en que uno se identifica, se encuentra la verdadera identidad.
                                                   —Nos reflejamos en aquello que nos identificamos —parece decir  el personaje.
                                                  Y es cuando comienza a identificarse en otra persona cuando aparece su propia personalidad y ¡Stop!, puedo caer en el efecto ‘Spoiler’.
                                                  También Estambul cuenta, porque es protagonista y espejo en el que se ve Galip:  su historia oscilante, entre dos continentes, su compleja cultura ‘bipolar’, su filosofía derviche en busca de la unidad  y su necesidad de ser ella misma se ve descrita en sus barrios, cafés, mezquitas, zocos, dédalos de calles con gentes que viven con cada pie, o con cada parte de su mente, en lados opuestos; como si fuese toda la ciudad una sola persona, pero ella no se refleja delante del espejo del País de las Maravillas, sino en las aguas que la rodea; que la separa y que la intercomunica al mismo tiempo Y esto, entre otras cosas que surgen en la novela,  hace que la ciudad sea un ente atractivo pero inquietante, como cuando nos enamoramos de alguien desconocido o nos vamos conociendo a nosotros mismos a medida que nos introducimos, sin maquillaje, por callejones oscuros que igual desembocan en espléndidas avenidas como en sórdidos solares de desechos y desperdicios.
                                                  Se abren muchos hilos en sus páginas que también se cierran, pero algunos quedan abiertos porque debe ser así, de lo contrario, podríamos pensar que ya nos han  engañado con una aventurita tonta de Hollywood con su asesinato incluido, pero nada más lejos, y por eso opino que si tuviese que reducir a una simple frase el motivo de  ‘El Libro Negro’, sin estar completamente seguro, diría que tiene su  base en la identidad propia; en ser uno mismo a pesar de la casi imposibilidad de lograrlo,  aunque esto sólo es una percepción, porque si la vuelvo a leer, cosa muy probable, puede que aún encuentre otros motivos en las muchas ideas, sugerencias, proposiciones y demás pensamientos que se abren a lo largo de la lectura y que aún tengo presentes.
    En momentos de alucinación lírica me pregunto qué pasaría si me empeño con mucha voluntad en coincidir con la mujer turca que leía ‘Kara Kitap’ en el tren porque es ella quien ha dado pie a los dos textos, y convertirme yo en otro Galip, pero en mi caso recorriendo la misma línea una vez y otra en la misma dirección de aquella tarde, porque ya me estoy preguntando si aquella mujer me puede decir cosas de mí que aún no sé, o que me dan cierto temor de saber y de recuperar porque no sé cómo encajarían en mi conciencia actual, pues nadie sabe si aquel encuentro del tren no fue más que una mera casualidad o una advertencia de mi destino: he aquí otro hilo abierto por culpa del Kara Kitap.

Ll. L.S.


Imagen de portada: ‘En el Zoco’ de Joan López

lunes, 28 de noviembre de 2016

BESO + INTRODUCCION A '19 CUADROS...'


Buen día, publiqué hace unos días en esta misma sección: MILONGA, dentro de mi nuevo trabajo ‘19 Cuadros…’, hoy muestro la introducción y otro relato del conjunto: BESO.

Un muy cordial saludo

La introducción:
                                                   EL PORQUÉ DE LOS 19 

Contrabandistas, policías y carabineros, músicos, vagabundos, magos, gente del mar y algún suicida, delincuentes, pescadores, escritores, desertores, borrachos, monjas, sinvergüenzas, prostitutas y otros personajes y situaciones —que si ni todas son mentira, juraría que tampoco han sido verdad del todo—, aparecen en vuestros relatos.
Historias de las que se habla cuando se habla sobre las cosas que nos  han pasado, o que no, y de las que intuimos que esconden algo que no sabemos explicar. Relatos cortos con poco adorno, casi inaprensibles a su paso, como una intuición o como un sueño: pero así me los contasteis y que yo sólo he ordenado, dejando cada uno en el  lugar que a mí me ha parecido más oportuno; como cajas de música en un conjunto que  no está construido al azar.
Tres cosas me han llamado la atención: la primera es que en casi todas vuestras historias aparecen la noche y el mar ¿Será porque de noche los acontecimientos parecen más breves, aunque sea para explicarnos toda una vida que de forma incomprensible parecen derivar de pronto hacia un camino que se pierde en un espacio inaudito? La segunda,  es que muchos de vosotros ni me dijisteis vuestros  nombres, supongo que no los debisteis considerar significativos ni elementos invariables, y la tercera es que en la mayor parte aparece el concepto de viaje, lejos,  casi siempre por mar, no sé si simbólico o real, pero vosotros sabréis el por qué.
¿Dónde estáis hoy día?
Vosotros, y  también vuestras voces, me parecen ahora estar muy lejos, y os recuerdo como a cuadros que vi alguna vez en una exposición anónima.


Y el segundo relato de 19 Cuadros… que muestro en abierto::
                                       
                                                BESO

(Este relato ya ha recibido buena acogida y comentarios, pero copio uno  que me ha hecho gracia:
 “indebida…mente sorprendente” de Fabio Descalzi.
Cuando leí lo de “Indebida” me alarmé un poco (¿Por dónde me van a salir ahora?), si hubiese sido “Incorrecta…” lo hubiese entendido, pero enseguida se aclaró, y sonreí con el ingenio)
         




El trabajo de vigilante nocturno en el muelle de San  Beltrán es duro, por eso sólo nos atrevemos con él los más osados; quienes estamos a la vuelta de todo pero aún guardamos violencia y rabia en el talante, o a quienes no nos gusta demasiado doblar el lomo como esos desgraciados estibadores, que antes de los cuarenta  ya andan más torcidos que los  ganchos con que levantan  fardos.
Mi jornada siempre acababa a las seis de la mañana, todo el año: catorce noches seguidas y una de descanso, cayese cuando cayese. Algunas noches, cuando en invierno el frío y  la humedad nos hacían olvidar hasta  nuestro propio nombre, nos juntábamos los tres vigilantes y, aunque lo teníamos prohibido, encendíamos una hoguera dentro de algún bidón viejo entre medio de los tinglados a la que solían acudir, como alimañas atraídas por la luz, los vagabundos y delincuentes de medio pelo que merodeaban por el puerto.
Ellos, que conocían los horarios de nuestras rondas, aprovechaban los momentos vacíos para robar lo que podían, aunque nosotros les dejábamos, porque al fin  y al cabo no eran más que cosas casi malogradas y simples de tan poco valor como su vida:  unos puñados de grano, unos kilos de azúcar, sal, harina..., tan poco, que a veces no nos molestábamos ni en correr detrás de ellos, y total ¿Para qué?: un par de guantazos, algún porrazo y dejar lo que habían cogido para que se lo llevase otro. Y así pasábamos la noche.   
Una madrugada de febrero en la que cortaba un inhumano viento del norte, nos habíamos apretado en torno al fuego prohibido los vigilantes, una decena de pordioseros a quienes en las noches de frío les dejábamos acercar a nuestro fuego —y de esta forma, como los teníamos controlados, nos ahorrábamos alguna caminata entre la oscuridad y el helor—,  y una manada de ratas que nos observaban a una treintena de pasos, las pobres.
Casi nunca hablábamos con los miserables,  como mucho les pasábamos la  botella de vino o de cazalla, si nos sobraba a nosotros, y a lo que siempre nos contestaban lo mismo:
—Gracias jefe.
Pero esa noche, entre la pandilla de infelices,  vi una cabeza cubierta por una manta cochambrosa que cerraba un rostro moreno con unos  ojos negros y grandes en los que brillaba nuestro fuego furtivo, y que me miraban como si de veras yo fuese el jefe de aquella especie de manada mezcla de legales y de delincuentes. En toda la noche los ojos de la cría —no debía tener más de dieciséis años—, no me los pude quitar de encima, y  me estaban diciendo algo que yo aún no podía comprender. Pero fuese lo fuese lo que me querían decir, debió llegar  hasta un lugar tan escondido de mi persona que, aunque yo no sabía ni que existiese, muy importante  debía ser el sitio en donde se guardó, porque ya nunca más pude olvidar a la gitanilla ni a su mirada.
Acabó mi turno y antes de ir a casa con Delia, mi mujer, me acerqué por donde la Marisa, la otra, como hacía muchos días, y en su cama  me quité el frío hasta cerca de las ocho de la mañana. Cuando salí de su casa aún era noche y,  lo primero que pensé al pisar la calle, fue que ojalá nunca más volviese el sol.
En casa, mi mujer me esperaba sentada en la mesa bebiendo un café muy negro. No nos dijimos nada pero yo le cogí la mano y le noté las arrugas que comenzaban a hacérsele en la piel. Me di cuenta de los años que hacía  que no le cogía las manos a Delia. Nos miramos. Sin saber por qué, me levanté y me senté a su lado y la besé en la cara, suponiendo que besaría también  el frío de su rostro y sus arrugas pequeñas, pero besé una mejilla cálida. Cuando me aparté para besarle el otro lado de la cara, nos rozamos los labios, y no fueron los suyos, ni los míos, me detuve en su boca, o ella en la mía, y nos dimos un beso como creo que no nos lo habíamos dado en toda nuestra vida. Con aquel beso yo deseaba que ella entrase en mí y Delia deseaba que yo fuese ella, y los dos queríamos ser una sola persona durante  todo el tiempo que duró. Después le besé la nariz, la barbilla, la oreja, volví a su boca, nos separamos y nos quedamos mirándonos en silencio todo el tiempo que quisimos, hasta que tuvimos vergüenza de mirarnos porque nos parecía que estábamos haciendo algo prohibido.
Comencé a desnudarla, y ella a mí, y nos amamos en el suelo, allí mismo, con la luz de la mañana. Nuestros amores, que siempre habían sido apretones nocturnos y sin palabras pero con olor a cazalla; amores de cosa a oscuras para que pasasen medio inadvertidos y así poder dudar luego de que habíamos sido nosotros, fueron entonces amores bajo la luz que no disimula nada.
Y vi sudar a Delia y la oí gritar, la vi morderse los labios; apretar los ojos mientras caía por el abismo, o quizás es que quería fijar para siempre en su memoria aquel arranque que vivíamos como novatos;  vi, creo que por primera vez, toda la belleza de su sexo cuando se despertaba y se abría a la mañana, a mí, a nosotros dos. Nos amamos varias veces más durante el día, mirándonos y observándonos,  emborrachados por culpa  de la luz que cambiaba con las horas y que también nos arrastraba con ella a Delia y a mí, y aún continuamos con lo nuestro durante esa noche que pasé en casa porque era mi turno de descanso,  aunque para nosotros ya no fue otra noche más de nieblas y trámite, sino que fue una noche grande, porque a veces me pareció que  nos amábamos en medio del desierto, o del mar, bajo la mirada de miles de estrellas  sinvergüenzas que se burlaban de nosotros dos.   
Al día siguiente dormimos hasta la tarde. Cuando nos despertamos nos miramos,  reímos sin saber de qué y volvimos a darnos un beso, y sólo uno: casi como el que nos sacudió el día anterior de aquella forma imposible de explicar y de predecir tan sólo veinticuatro horas antes.
Mientras me vestía me acordé de la gitanilla y comprendí que, sin saberlo, ella  había estado escondida  en mi cabeza desde que la vi en mi última noche de trabajo. Al despedirme de Delia, un último beso, éste de ritual, y mientras la miraba apoyada en la puerta, creo que entendió que ya no habría más “Marisas” en mi vida.
Durante la noche, el viento helador que no  pararía en todo el mes de febrero, nos obligó a encender la hoguera del bidón y volvió a atraer a los ladronzuelos de cada noche. Busqué entre ellos a la muchacha, pero no la vi, cuando les pasé un paquete de cigarrillos para que fumasen les pregunté por la cría de la otra noche. Algunos se rieron.
—¿Qué cría, jefe? Aquí no queremos mujeres, esto es sólo  para los hombres.
—¡La cría aquélla, joder! La que anteayer estaba sentada ahí, entre  tú y tú.
—Que no jefe, que no, que aquí mujeres no, ni viejas ni maduras ni jóvenes.
—Hombre, que las mujeres son  para el verano, y por la noche en la playa.
Todos rieron, hasta los otros dos compañeros míos. Reconozco que me pasé cuando fuera de mí,  cogí  a uno de los vagabundos  por las solapas del chambergo y casi lo levanté en el aire.
—¡Dime dónde está  o esta noche no sales de aquí! —.Le amenacé. El hombre se puso a temblar y todos los demás comenzaron a apartarse y a desaparecer de nuestro rincón.
—¡Jefe, que le juro que no, por la Virgen, que mujeres aquí no! Nunca ¡Te lo juro!
Los dos vigilantes se me vinieron encima y me quitaron al infeliz de las manos, que salió huyendo por las sombras, detrás de sus compinches.
—¡Basta ya! El viejo tiene razón, aquí jamás hemos tenido mujeres, y en tu última  noche de trabajo tampoco las hubo.
Cuando finalizó mi turno, tomé una última cazalla en el kiosco que abría de madrugada para los trabajadores, después me subí la solapa del chaquetón y me fui caminando junto a la playa hacia el barrio de Somorrostro, si no encontraba allí a la gitanilla, la buscaría por la Perona, por Gracia, por Hostafrancs, por las Casas Baratas, por Can Valero, pero debía encontrarla para que me explicase —aunque fuese con una mentira—, qué era lo que ella había despertado para que sucediese todo lo que me sucedió en las últimas cuarenta y ocho horas y que yo no quería olvidar nunca más.

                                   ———— *————
L.L.S.

Imagen  ‘La Hoguera’ es obra de Joan López

Como en MILONGA, se puede ver la novela ‘19 Cuadros a la Luz de Otros Tiempos’ yendo a AMAZON a través de:
            

miércoles, 23 de noviembre de 2016

19 CUADROS A LA LUZ DE OTROS TIEMPOS <> EL BOTAS

¡Escribamos!  Presento mis dos novelas nuevas, las que me han complicado un poco la vida en los últimos meses:   

 


Ahora (!)  mis dos nuevos títulos, '19 CUADROS CUADROS A LA LUZ DE OTROS TIEMPOS' y 'EL BOTAS',
Con sus 19 (o 20) historias duras movidas por personajes de lo que hoy llamaríamos outsiders, como también era algo outsider la Barcelona que a veces aparece por aquí
Algunos de ellos están fabricados con un buen porcentaje de realidad que he conocido o me han explicado, y el resto es imaginación. 
'El Botas' es diferente, o puede que no tanto. En todo caso es un trabajo anterior.
Se publican en formato digital e impreso en AMAZON, las digitales  con precio de lanzamiento muy, muy especial hasta el 16 de Diciembre, fecha de emisión, en impreso ya están disponibles las dos en un sólo tomo.



Si queréis curiosearlas un   poco, desde  mi página personal será un placer:


Gracias a todos
y a Joan López por su trabajo de ilustración, sólo visible en una ínfima parte
L.L.S.



LECTURA y CRÍTICA de ¿Dönde yaces, Theodorita Seoane?


LECTURA  y CRÍTICA  de ¿Dónde yaces, Theodorita Seoane?  
realizada por el Profesor y Escritor  D. Manuel Castillo Molina en Goodreads, Noviembre 2016


"¿Dónde yaces, Theodorita Seoane?" es una curiosa y atrevida historia no fácil de encuadrar. Desde el punto de vista formal es una novela epistolar —en la que tan solo se ofrecen las cartas de uno de los dos corresponsales— y, por el contenido, una novela con rasgos de novela negra, en la que no faltan finos desarrollos psicológicos, una buena carga de erotismo, un humor ácido, corrosivo y, en ocasiones, breves incursiones en el ensayo.
La historia se desarrolla a través de cartas que ofrecen a menudo pistas de una ambigüedad o indefinición pretendidas, para desdibujar los lugares en que discurre la acción. Así, la ubicación del emisor de las epístolas se mueve en el norte de España, pero el lector no está seguro nunca del lugar exacto. Es más, por la reiteración en la ambigüedad, parece claro que el autor recurre conscientemente a ella, porque la mayoría de las ocasiones en que señala un lugar, procede inmediatamente a corregirlo a través de una frase que introduce la duda: 
“Lunes, [...] en una Colunga lluviosa mas no fría —por ubicarme en algún sitio...”
“Me acerqué unos días atrás a Palencia, creo que era Palencia...”
 
Lo mismo sucede con los registros de la circunstancia de tiempo:
“Es un lunes de principios de septiembre... “
Este desdibujamiento, indefinición o ambigüedad se produce también en el caso de los personajes de la historia. Desconocemos el nombre del protagonista, cuya firma es siempre ilegible, y otros nombres, como la señora Theodorita, no parecen asegurar excesiva fiabilidad onomasiológica.
 
La propia historia narra una turbia sucesión de elementos inquietantes cuyo significado el lector nunca está seguro de interpretar acertadamente. Esa indefinición, esa ambigüedad de todos los elementos de la historia que narra Luis Sanz dota a su obra de cierta intemporalidad, al tiempo que le proporciona un valor representativo de la comedia humana que intenta reflejar en sus páginas.
A través de las cartas conocemos la historia del redactor, en la que se entremezclan retazos del presente y del pasado, que parecen condicionar la venganza final (si es que hemos interpretado acertadamente una novela tan abierta).
Por lo demás, "¿Dónde yaces, Theodorita Seoane?" capta nuestra atención desde la primera página tasta la última, a pesar de una acción segmentada en 28 tomas distintas, tantas como las cartas, o puede ser que 
precisamente por ello. 
                                                                                       * * * * * *
La novela está publicada en AMAZON en formato digital e impreso: mas detalles en mi blog,