Amadisdetiana

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Luis López Sanz

lunes, 28 de noviembre de 2016

BESO + INTRODUCCION A '19 CUADROS...'


Buen día, publiqué hace unos días en esta misma sección: MILONGA, dentro de mi nuevo trabajo ‘19 Cuadros…’, hoy muestro la introducción y otro relato del conjunto: BESO.

Un muy cordial saludo

La introducción:
                                                   EL PORQUÉ DE LOS 19 

Contrabandistas, policías y carabineros, músicos, vagabundos, magos, gente del mar y algún suicida, delincuentes, pescadores, escritores, desertores, borrachos, monjas, sinvergüenzas, prostitutas y otros personajes y situaciones —que si ni todas son mentira, juraría que tampoco han sido verdad del todo—, aparecen en vuestros relatos.
Historias de las que se habla cuando se habla sobre las cosas que nos  han pasado, o que no, y de las que intuimos que esconden algo que no sabemos explicar. Relatos cortos con poco adorno, casi inaprensibles a su paso, como una intuición o como un sueño: pero así me los contasteis y que yo sólo he ordenado, dejando cada uno en el  lugar que a mí me ha parecido más oportuno; como cajas de música en un conjunto que  no está construido al azar.
Tres cosas me han llamado la atención: la primera es que en casi todas vuestras historias aparecen la noche y el mar ¿Será porque de noche los acontecimientos parecen más breves, aunque sea para explicarnos toda una vida que de forma incomprensible parecen derivar de pronto hacia un camino que se pierde en un espacio inaudito? La segunda,  es que muchos de vosotros ni me dijisteis vuestros  nombres, supongo que no los debisteis considerar significativos ni elementos invariables, y la tercera es que en la mayor parte aparece el concepto de viaje, lejos,  casi siempre por mar, no sé si simbólico o real, pero vosotros sabréis el por qué.
¿Dónde estáis hoy día?
Vosotros, y  también vuestras voces, me parecen ahora estar muy lejos, y os recuerdo como a cuadros que vi alguna vez en una exposición anónima.


Y el segundo relato de 19 Cuadros… que muestro en abierto::
                                       
                                                BESO

(Este relato ya ha recibido buena acogida y comentarios, pero copio uno  que me ha hecho gracia:
 “indebida…mente sorprendente” de Fabio Descalzi.
Cuando leí lo de “Indebida” me alarmé un poco (¿Por dónde me van a salir ahora?), si hubiese sido “Incorrecta…” lo hubiese entendido, pero enseguida se aclaró, y sonreí con el ingenio)
         




El trabajo de vigilante nocturno en el muelle de San  Beltrán es duro, por eso sólo nos atrevemos con él los más osados; quienes estamos a la vuelta de todo pero aún guardamos violencia y rabia en el talante, o a quienes no nos gusta demasiado doblar el lomo como esos desgraciados estibadores, que antes de los cuarenta  ya andan más torcidos que los  ganchos con que levantan  fardos.
Mi jornada siempre acababa a las seis de la mañana, todo el año: catorce noches seguidas y una de descanso, cayese cuando cayese. Algunas noches, cuando en invierno el frío y  la humedad nos hacían olvidar hasta  nuestro propio nombre, nos juntábamos los tres vigilantes y, aunque lo teníamos prohibido, encendíamos una hoguera dentro de algún bidón viejo entre medio de los tinglados a la que solían acudir, como alimañas atraídas por la luz, los vagabundos y delincuentes de medio pelo que merodeaban por el puerto.
Ellos, que conocían los horarios de nuestras rondas, aprovechaban los momentos vacíos para robar lo que podían, aunque nosotros les dejábamos, porque al fin  y al cabo no eran más que cosas casi malogradas y simples de tan poco valor como su vida:  unos puñados de grano, unos kilos de azúcar, sal, harina..., tan poco, que a veces no nos molestábamos ni en correr detrás de ellos, y total ¿Para qué?: un par de guantazos, algún porrazo y dejar lo que habían cogido para que se lo llevase otro. Y así pasábamos la noche.   
Una madrugada de febrero en la que cortaba un inhumano viento del norte, nos habíamos apretado en torno al fuego prohibido los vigilantes, una decena de pordioseros a quienes en las noches de frío les dejábamos acercar a nuestro fuego —y de esta forma, como los teníamos controlados, nos ahorrábamos alguna caminata entre la oscuridad y el helor—,  y una manada de ratas que nos observaban a una treintena de pasos, las pobres.
Casi nunca hablábamos con los miserables,  como mucho les pasábamos la  botella de vino o de cazalla, si nos sobraba a nosotros, y a lo que siempre nos contestaban lo mismo:
—Gracias jefe.
Pero esa noche, entre la pandilla de infelices,  vi una cabeza cubierta por una manta cochambrosa que cerraba un rostro moreno con unos  ojos negros y grandes en los que brillaba nuestro fuego furtivo, y que me miraban como si de veras yo fuese el jefe de aquella especie de manada mezcla de legales y de delincuentes. En toda la noche los ojos de la cría —no debía tener más de dieciséis años—, no me los pude quitar de encima, y  me estaban diciendo algo que yo aún no podía comprender. Pero fuese lo fuese lo que me querían decir, debió llegar  hasta un lugar tan escondido de mi persona que, aunque yo no sabía ni que existiese, muy importante  debía ser el sitio en donde se guardó, porque ya nunca más pude olvidar a la gitanilla ni a su mirada.
Acabó mi turno y antes de ir a casa con Delia, mi mujer, me acerqué por donde la Marisa, la otra, como hacía muchos días, y en su cama  me quité el frío hasta cerca de las ocho de la mañana. Cuando salí de su casa aún era noche y,  lo primero que pensé al pisar la calle, fue que ojalá nunca más volviese el sol.
En casa, mi mujer me esperaba sentada en la mesa bebiendo un café muy negro. No nos dijimos nada pero yo le cogí la mano y le noté las arrugas que comenzaban a hacérsele en la piel. Me di cuenta de los años que hacía  que no le cogía las manos a Delia. Nos miramos. Sin saber por qué, me levanté y me senté a su lado y la besé en la cara, suponiendo que besaría también  el frío de su rostro y sus arrugas pequeñas, pero besé una mejilla cálida. Cuando me aparté para besarle el otro lado de la cara, nos rozamos los labios, y no fueron los suyos, ni los míos, me detuve en su boca, o ella en la mía, y nos dimos un beso como creo que no nos lo habíamos dado en toda nuestra vida. Con aquel beso yo deseaba que ella entrase en mí y Delia deseaba que yo fuese ella, y los dos queríamos ser una sola persona durante  todo el tiempo que duró. Después le besé la nariz, la barbilla, la oreja, volví a su boca, nos separamos y nos quedamos mirándonos en silencio todo el tiempo que quisimos, hasta que tuvimos vergüenza de mirarnos porque nos parecía que estábamos haciendo algo prohibido.
Comencé a desnudarla, y ella a mí, y nos amamos en el suelo, allí mismo, con la luz de la mañana. Nuestros amores, que siempre habían sido apretones nocturnos y sin palabras pero con olor a cazalla; amores de cosa a oscuras para que pasasen medio inadvertidos y así poder dudar luego de que habíamos sido nosotros, fueron entonces amores bajo la luz que no disimula nada.
Y vi sudar a Delia y la oí gritar, la vi morderse los labios; apretar los ojos mientras caía por el abismo, o quizás es que quería fijar para siempre en su memoria aquel arranque que vivíamos como novatos;  vi, creo que por primera vez, toda la belleza de su sexo cuando se despertaba y se abría a la mañana, a mí, a nosotros dos. Nos amamos varias veces más durante el día, mirándonos y observándonos,  emborrachados por culpa  de la luz que cambiaba con las horas y que también nos arrastraba con ella a Delia y a mí, y aún continuamos con lo nuestro durante esa noche que pasé en casa porque era mi turno de descanso,  aunque para nosotros ya no fue otra noche más de nieblas y trámite, sino que fue una noche grande, porque a veces me pareció que  nos amábamos en medio del desierto, o del mar, bajo la mirada de miles de estrellas  sinvergüenzas que se burlaban de nosotros dos.   
Al día siguiente dormimos hasta la tarde. Cuando nos despertamos nos miramos,  reímos sin saber de qué y volvimos a darnos un beso, y sólo uno: casi como el que nos sacudió el día anterior de aquella forma imposible de explicar y de predecir tan sólo veinticuatro horas antes.
Mientras me vestía me acordé de la gitanilla y comprendí que, sin saberlo, ella  había estado escondida  en mi cabeza desde que la vi en mi última noche de trabajo. Al despedirme de Delia, un último beso, éste de ritual, y mientras la miraba apoyada en la puerta, creo que entendió que ya no habría más “Marisas” en mi vida.
Durante la noche, el viento helador que no  pararía en todo el mes de febrero, nos obligó a encender la hoguera del bidón y volvió a atraer a los ladronzuelos de cada noche. Busqué entre ellos a la muchacha, pero no la vi, cuando les pasé un paquete de cigarrillos para que fumasen les pregunté por la cría de la otra noche. Algunos se rieron.
—¿Qué cría, jefe? Aquí no queremos mujeres, esto es sólo  para los hombres.
—¡La cría aquélla, joder! La que anteayer estaba sentada ahí, entre  tú y tú.
—Que no jefe, que no, que aquí mujeres no, ni viejas ni maduras ni jóvenes.
—Hombre, que las mujeres son  para el verano, y por la noche en la playa.
Todos rieron, hasta los otros dos compañeros míos. Reconozco que me pasé cuando fuera de mí,  cogí  a uno de los vagabundos  por las solapas del chambergo y casi lo levanté en el aire.
—¡Dime dónde está  o esta noche no sales de aquí! —.Le amenacé. El hombre se puso a temblar y todos los demás comenzaron a apartarse y a desaparecer de nuestro rincón.
—¡Jefe, que le juro que no, por la Virgen, que mujeres aquí no! Nunca ¡Te lo juro!
Los dos vigilantes se me vinieron encima y me quitaron al infeliz de las manos, que salió huyendo por las sombras, detrás de sus compinches.
—¡Basta ya! El viejo tiene razón, aquí jamás hemos tenido mujeres, y en tu última  noche de trabajo tampoco las hubo.
Cuando finalizó mi turno, tomé una última cazalla en el kiosco que abría de madrugada para los trabajadores, después me subí la solapa del chaquetón y me fui caminando junto a la playa hacia el barrio de Somorrostro, si no encontraba allí a la gitanilla, la buscaría por la Perona, por Gracia, por Hostafrancs, por las Casas Baratas, por Can Valero, pero debía encontrarla para que me explicase —aunque fuese con una mentira—, qué era lo que ella había despertado para que sucediese todo lo que me sucedió en las últimas cuarenta y ocho horas y que yo no quería olvidar nunca más.

                                   ———— *————
L.L.S.

Imagen  ‘La Hoguera’ es obra de Joan López

Como en MILONGA, se puede ver la novela ‘19 Cuadros a la Luz de Otros Tiempos’ yendo a AMAZON a través de:
            

miércoles, 23 de noviembre de 2016

19 CUADROS A LA LUZ DE OTROS TIEMPOS <> EL BOTAS

¡Escribamos!  Presento mis dos novelas nuevas, las que me han complicado un poco la vida en los últimos meses:   

 


Ahora (!)  mis dos nuevos títulos, '19 CUADROS CUADROS A LA LUZ DE OTROS TIEMPOS' y 'EL BOTAS',
Con sus 19 (o 20) historias duras movidas por personajes de lo que hoy llamaríamos outsiders, como también era algo outsider la Barcelona que a veces aparece por aquí
Algunos de ellos están fabricados con un buen porcentaje de realidad que he conocido o me han explicado, y el resto es imaginación. 
'El Botas' es diferente, o puede que no tanto. En todo caso es un trabajo anterior.
Se publican en formato digital e impreso en AMAZON, las digitales  con precio de lanzamiento muy, muy especial hasta el 16 de Diciembre, fecha de emisión, en impreso ya están disponibles las dos en un sólo tomo.



Si queréis curiosearlas un   poco, desde  mi página personal será un placer:


Gracias a todos
y a Joan López por su trabajo de ilustración, sólo visible en una ínfima parte
L.L.S.



LECTURA y CRÍTICA de ¿Dönde yaces, Theodorita Seoane?


LECTURA  y CRÍTICA  de ¿Dónde yaces, Theodorita Seoane?  
realizada por el Profesor y Escritor  D. Manuel Castillo Molina en Goodreads, Noviembre 2016


"¿Dónde yaces, Theodorita Seoane?" es una curiosa y atrevida historia no fácil de encuadrar. Desde el punto de vista formal es una novela epistolar —en la que tan solo se ofrecen las cartas de uno de los dos corresponsales— y, por el contenido, una novela con rasgos de novela negra, en la que no faltan finos desarrollos psicológicos, una buena carga de erotismo, un humor ácido, corrosivo y, en ocasiones, breves incursiones en el ensayo.
La historia se desarrolla a través de cartas que ofrecen a menudo pistas de una ambigüedad o indefinición pretendidas, para desdibujar los lugares en que discurre la acción. Así, la ubicación del emisor de las epístolas se mueve en el norte de España, pero el lector no está seguro nunca del lugar exacto. Es más, por la reiteración en la ambigüedad, parece claro que el autor recurre conscientemente a ella, porque la mayoría de las ocasiones en que señala un lugar, procede inmediatamente a corregirlo a través de una frase que introduce la duda: 
“Lunes, [...] en una Colunga lluviosa mas no fría —por ubicarme en algún sitio...”
“Me acerqué unos días atrás a Palencia, creo que era Palencia...”
 
Lo mismo sucede con los registros de la circunstancia de tiempo:
“Es un lunes de principios de septiembre... “
Este desdibujamiento, indefinición o ambigüedad se produce también en el caso de los personajes de la historia. Desconocemos el nombre del protagonista, cuya firma es siempre ilegible, y otros nombres, como la señora Theodorita, no parecen asegurar excesiva fiabilidad onomasiológica.
 
La propia historia narra una turbia sucesión de elementos inquietantes cuyo significado el lector nunca está seguro de interpretar acertadamente. Esa indefinición, esa ambigüedad de todos los elementos de la historia que narra Luis Sanz dota a su obra de cierta intemporalidad, al tiempo que le proporciona un valor representativo de la comedia humana que intenta reflejar en sus páginas.
A través de las cartas conocemos la historia del redactor, en la que se entremezclan retazos del presente y del pasado, que parecen condicionar la venganza final (si es que hemos interpretado acertadamente una novela tan abierta).
Por lo demás, "¿Dónde yaces, Theodorita Seoane?" capta nuestra atención desde la primera página tasta la última, a pesar de una acción segmentada en 28 tomas distintas, tantas como las cartas, o puede ser que 
precisamente por ello. 
                                                                                       * * * * * *
La novela está publicada en AMAZON en formato digital e impreso: mas detalles en mi blog, 



sábado, 19 de noviembre de 2016

MILONGA

MILONGA
A dos perros que vi una vez caminando uno al lado del otro
por el arcén de la autopista, como si fuesen amigos,
mientras les caía encima un  buen aguacero de levante.


El día no fue, tampoco aquel, demasiado bueno, ya sabes hermano: esos intervalos vacíos entre un hueco y otro hueco que si no los has llenado en el momento en que pasabas sobre ellos, ya no los podrás llenar nunca más, pero como consuelo te queda aún la última copa de mal coñac que ya te pagaré mañana Mígue, porque hoy estoy seco del todo.
Y además una de las cosas que más me fastidia en esas noches de frío y lluvia, que son muchas, es que me tengo que subir la solapa de la gabardina para no helarme, y entonces, con el cuello de la gabardina subida, lo primero que huelo es el sudor y la mugre añeja que me recuerda el tiempo y el vacío.
—La puta —me digo—, si al menos pasase alguna de esas cosas que no pasan nunca—. Por eso es un gesto que evito siempre hasta el último instante. Puedes creerme, porque ya sé que estas noches, cuando dejo la calle Tres Pasos y giro por Malsueño, el ventarrón  que baja desde el fondo de no sé donde es como un sable de escarcha que me rebana el pescuezo y me cuaja el alma.
Así que cuando entré en el Baldos, la taberna del Mígue, lo primero que hice, como siempre que manda el frío ahí fuera, fue quitarme la gabardina, sacudirle el agua fría y colgarla en el perchero atiborrado con las zarrias, gorras y andrajos de los mismos que cada noche me sofocarían con el humo del tabaco negro y el vaho de vino y coñac. Nada excepcional, como te he dicho, pues que ya ni nos saludamos ¿Y total, qué más da?
Pero fíjate, que esa noche, cuando entré un poco más, oí algo así como música: música en el Baldos, amigo, eso es como si cada mañana te despertase alguien dándote un beso y te encontrases el bolsillo lleno de buena plata. Curioso. Agarré mi coñac y llegué hasta el final del tubo,  allí vi a un tipejo oscuro liado a un acordeón, y en un estuche abierto junto a sus pies, yacía una guitarra que parecía andar esperando su turno.
Yo no entiendo de música, pero lo que tocaba el medio negro me llegó muy adentro, porque no era la música de gente del mar, ni música  del monte, ni música de arriba, ni de abajo, a lo mejor, no era ni música, sino palabras que el pendejo decía sin  letras y que llegaban a donde tenían que llegar. Y en su música había algo que me hacía daño, o tampoco era eso, pero de pronto, te juro que no supe si abrazarlo o abrirlo allí mismo.
Apuré mi copa y le pedí otra al Mígue —me la apuntas—, y algo me pasó, porque cuando me di cuenta estaba sentado frente al negro, con la guitarra entre medio de mis piernas y con las manos sobre ella como si yo fuese un profesional. Ya ves, yo, que la música para las noches del sábado, y sólo si hay alguna culona a la que arrimarme un poco. Pues mis dedos, estos que son buenos para, en fin, para otras cosas, comenzaron a subir y bajar, a apretar cuerdas con las puntas de los dedos, parecía que supiesen de antemano lo que cada cuerda iría a decir para quejarse o para reír;  el índice de la mano izquierda presionaba como una horquilla las seis cuerdas, al mismo tiempo que el anular, el corazón y el meñique bailaban como saltimbanquis sobre los trastes mientras la derecha acataba con obediencia religiosa. Y las dos manos, cada una en su dominio,  hacían lo que brotaba de mi cabeza, que era como voces que venían empujadas por la música del acordeón del hombre aquel, quien ni siquiera me miró ni por un momento.
Pero que él ya sabía todo de mí, y que yo comenzaba a saber también mucho de él, me di cuenta enseguida. Nos provocamos con la música;  a veces nos sonreíamos o nos desafiábamos, por momentos parecía que caminábamos en silencio por todas las calles del puerto, sin importarnos la lluvia de noche, y nos explicamos nuestros asuntos y nuestros percances y nuestras alegrías, y nuestros velatorios de alguien que nos quiso  —si es que lo hubo—, y de las caricias que alguien nos dio —si es que hubo un cierto alguien que un día nos trató con caricias. Y a mí, que cuando la sangre me empuja  hace que la  lengua se mueva torpe como andar de borracho, las palabras y las ideas me salieron esa noche muy bien  aprendidas y hablamos, sin letras, de todas esas cosas nuestras que nadie sabía ni nunca más, por vergüenza o por orgullo, a nadie repetiríamos.
Pero a veces su música  también fue un páramo inquieto sobre el que la voz de mi guitarra iba y venía llevada por un viento de tarde áspera, porque ella sabía lo que yo guardaba en la cabeza; aunque a veces era al revés, y el acordeón del mulato se levantaba sobre mi monotonía, y yo lo miraba cuando, más que un instrumento, era una persona quien me estaba  hablando. Así mucho tiempo, pero fue una clase de tiempo que no habría ningún reloj capaz de medir en el que cupieron muchas amanecidas y muchos ocasos, hasta que de repente los dos nos quedamos en silencio, uno frente al otro, como tú y yo ahora, pero sin hablar.
Me levanté, dejé la guitarra en su funda y me fui hasta la barra. Todo el mundo me miraba, nunca el Baldos había estado tan lleno de gente callada.
–Toma —me dijo el Mígue—: este es del bueno,  los de antes están pagados  y los que vengan también —Me tomé la copa de regalo y me fui del bar sin mirar atrás. La noche era más fría que nunca, me dicen, pero yo no lo noté, ni recuerdo cómo fue  el camino hasta mi casa.
Pero lo que sí te puedo decir, es que aquel fue mi momento excepcional, ése que pasa una vez y no más, mira: mi instante sublime, aunque la palabreja te haya sonado a fina, compadre. Por eso yo ya no puedo volver nunca más a la taberna  de Baldos, ni siquiera, por mucho frío que tenga, a recoger la gabardina que se quedó allí... supongo que olvidada.   
                       
                            _____________ *_____________


Este relato-cuadro forma parte de mi libro: ’19 cuadros a la sombra de otros tiempos’ en AMAZON, en formato e-reader y en impreso.
Mi Blog en WP es:



miércoles, 16 de noviembre de 2016

LOCOMOTORAS SALVAJES (Monólogo teatral)




LOCOMOTORAS SALVAJES    

Escenario: luz cálida, una silla, o varias,  un mueble con bebidas, vasos, en un rincón hay una maleta vieja. En una silla está sentada una mujer, de unos treinta y cinco  años, lee una revista, lleva un vestido viejo de color claro, de una pieza, sin mangas, la falda llega hasta la rodilla, pelo corto o recogido en una cola.
Se oye una armónica lejana, sorda, proviene de un aparato a bajo volumen o quizás de alguien que toca.

GIRL.        Noche de calor, igual que siempre. Algún día volverá el invierno y con él el frío. Dentro de quince mil años,  que será cuando regrese, para irse de nuevo el cometa que se llevó el último frío hace diez-y-todos años. Bueno, ciento cincuenta siglos  tampoco es mucho tiempo si finalmente vuelven invierno y helores.
            (sonríe)
Aunque lo dudo, porque aquí no se quedan ni invierno,  ni  tempestades, ni sueños, ni viento; aquí, por no quedarse, no se queda ni el tiempo.
Como cuando lo del tren. ¿Recuerdas Virginia?  Espera,
            (gesto rápido y apaga el cigarrillo)
 a ver si te encuentro y hablando las dos nos olvidamos del calor.  
(aumenta el volumen de la música)
(se levanta, va a un mueble donde hay revistas y se arrodilla para comenzar a buscar, esparce revistas y papeles, aparece una foto, es otra mujer, la contempla unos instantes, parece escuchar la armónica,  Girl pensativa. Al fin se levanta y apoya la foto en una de las sillas, y dirigiéndose a la foto)
¿Quieres tomar una copa?, claro, tú nunca decías que no, mientras estuviese la botella llena.
(saca una botella y dos vasos, los llena, uno se lo queda ella y el otro lo pone frente al retrato) 
¿Cuánto tiempo hace que no soñamos...?  Pero no, te iba a hablar del tren. También él pasó una madrugada y ya no volvió más,
(hace un gesto, y emite un silbido o algo similar)
visto y no visto, adiós, y si de verdad te he visto, ya no me acuerdo. Quizás se olvidaron de hacer las vías de regreso,
(se ríe)
o quizás ya nunca más, nadie volvió a sentir necesidad de ir hacia... bueno, no sé adónde. Así, aquel tren llegó a su final, pero allí no encontraron más que vacio y soledad, y quien quiera que fuese el amo del tren debió decir: “Bah, y ahora que ya hemos llegado al final, ¿para qué dar la vuelta si nadie ha de volver ni nadie va a venir a este purgatorio?” Los amos dejarían en el páramo su máquina y sus vagones vacíos y se irían caminando por otros mundos que ni tú ni yo conoceremos jamás.
(bebe)
Sí, tienes razón, también puede ser que en ese final los  maquinistas se encontrasen con todo un enjambre de vías, estaciones, señales, direcciones, cruces, túneles, puentes..., y otros horizontes interminables, así que cogieron cualquier rumbo, posiblemente al azar; se perdieron por nadie sabe dónde y ya no supieron regresar. Ni pastelera falta que les hizo. ¿Y para qué? ¿para rehacer un recorrido que en miles y miles de kilómetros por tierra llana y monótona sólo se volverían  a encontrar con aquellas dos locas que se pegaron el madrugón padre para ver pasar un tren…?, porque jamás en mi  vida me he vuelto a levantar a hora tan inhumana, excepto..., bueno, cuando lo tuyo, cuando  llamaron a la puerta para decirme que te habían encontrado..., como te encontraron... Pero esa vez no cuenta Virginia, ese madrugón, a pesar de todo, te lo perdono.
(pausa, bebe, mira hacia una supuesta ventana, se oye la armónica a lo lejos, sigue hablando, más despacio y con la cabeza baja, mirando el vaso)
Dos locas en la madrugada, junto a la vía, ¿qué nos debíamos imaginar?, pegábamos el oído al raíl, ¡ya se oye...! Y pronto  una luz, un punto brillante y muy lejano, como una estrella que se acerca a ras de suelo, en silencio. ¿No hacen ruido los trenes? Pues claro tonta. Por fin lo tenemos casi encima, con un estruendo que hace sacudir la Tierra entera, levantando a su paso polvo y piedras que  caen sobre nosotras ¡Encima nuestro, a menos de un metro del monstruo! Los hombres del tren nos debieron ver e hicieron soplar el silbato. ¡Bien fuerte! Tú y yo nos cogimos de la mano, y nos pusimos a gritar, como verdaderas histéricas, cuando aquel pitido largo y agudo nos rompió los tímpanos y penetró hasta donde nada, ni nadie, nunca,  nos había llegado antes. Pero nuestros gritos eran pobres gemidos entre el estruendo de la batalla.
(pausa tensa, cierra los ojos, como si estuviese otra vez sintiendo aquella sensación. La armónica ha subido el tono, ahora desciende)
Cuando pasó, temblaba el suelo y temblábamos nosotras, nos dimos cuenta que estábamos abrazadas, nos separamos y nos reímos con la risa floja, sin saber porqué, como tontas, como quinceañeras que éramos. Cogidas aún de la mano nos fuimos al centro de la vía y nos quedamos contemplando el tren que se alejaba, y así mucho rato. Largo tiempo. Hasta que el sol salió del todo abríendo de par en par un nuevo día que para nosotras ya se quedó como  "El Día del Tren…"  El Día del Tren… El Día del Tren que ya no volvió.
(pausa, se oye la armónica)
Dicen que cada vez que se ve un cometa en el cielo ocurren grandes cosas aquí abajo.
(se levanta y mira por una supuesta ventana)
Para ti y para mí, aquel tren fue como un cometa. Comenzaste a verte con el tipo aquél, un cincuentón que siempre olía a grasa, casado,  con  hijos y no sé qué historias más.
                                                            (le grita a la foto)
           ¡Estás loca Virginia! ¡Deja al tío ése y vámonos! ¿Qué hay que hacer en este miserable rincón? ¡Nos iremos con el tren cuando vuelva! ¡Tú y yo, lejos, bien lejos hasta donde ya no hayan más vías, hasta donde nos lleve el tren, hasta donde se acabe el mundo, hasta que se nos gasten los pies!
                                                               (pausa)
           Pero el tren no regresaba, y para invocarlo, nos íbamos las dos cada noche hasta la vía. Bebíamos un poco, aunque tú bastante  más, porque tú siempre lo hacías todo un poco "bastante mas". Qué locas, nos descalzábamos y corríamos por los raíles; corríamos bajo las estrellas; por las paralelas que brillaban cuando había luna, y tú y yo éramos locomotoras salvajes y desbocadas; locomotoras  descalzas y bravas consumiendo la fuerza contenida hasta la extenuación en carrera sin sentido. Sólo hasta donde nuestra imaginación y nuestro aguante nos decía que podíamos llegar. Nos decíamos: “Hoy solamente correremos hasta que vomitemos de agotamiento".
                                                          (ríe y bebe, pausa, se acaba su vaso y lo deja frente a la foto de Virginia, coge el otro vaso)
         ¿Quieres un poco más?, claro, tú siempre quieres un poco más.
                                                          (se lo llena, muy seria, habla como con asco)
         Te preñó el muy cerdo,
                                                          (bebe)
          y ya nunca más fuimos locomotoras libres y salvajes; se acabaron las carreras a lo largo de  las vías del tren; los raíles se oxidaron y dejaron  de brillar en las noches con luna… De Virginia nadie hablaba; eras la cosa oculta y prohibida de nombrar, el anatema Virginia.  Algún día volverá el jodido tren, te decía yo, y nos iremos,  pero las dos sabíamos que era mentira, tú ya eras un vagón demasiado pesado y no existía una máquina capaz de moverte.
           De vez en cuando intentaba espabilarte un poco explicándote no recuerdo qué cuento de una autopista que debía pasar por aquí, decían, pero tú ya no me escuchabas, sólo mirabas y pensabas, o quizás ni eso.                                                     (bebe)
           Segundo y último madrugón en mi vida. ¡Sí, ya sé que lo has oído muchas veces!,  pero es que quiero repetirlo:
                                                    (bebe)
          alguien llama  a mi puerta y me dice: ven, ¡corre!,  han encontrado a Virginia muerta. ¿¡Dónde!?  Donde lo del  tren.  ¿¡Cómo ha sido!? ¡Dicen que se ha suicidado! ¡Pero vamos!
                                                                      (pausa)
         Adiós Virginia, te fuiste sin marcharte.
         Yo aún me quedé mucho tiempo esperando el tren que no volvió, y tampoco fui más una locomotora salvaje y libre. ¿Me preguntas que ahora qué?
                                                                     (mirando a la foto)
          pues ahora qué más da, ya  llevo demasiado tiempo acumulado, y eso pesa; pesa para moverse porque el tiempo pesa como plomo... Bebes mucho Virginia,
                                                                     (se vuelve a llenar un vaso)
         El calor también pesa
                                                           (se sienta, separa las piernas y junta las manos entre ellas),
         Locomotoras inútiles, locomotoras yermas.
                                                             (se oye la música, levanta la cabeza)
          ¿Quién será ese de la música? ¿Otro loco?  Siempre ha habido algún alucinado que otro, aunque puede que no sea más que el viento. ¿Sabes?, dicen que el viento vuelve loca a la gente.
                                                                (ríe)
         Pero esta noche el viento quema como cuando...
                                                             (se calla, se para la música)
          Algunas noches me gustaría ser capaz de irme a correr por donde decían que tenía que pasar la autopista aquella.
                                                                              (ríe)
           De esto tú no te enteraste porque fue una historia que se hizo grande más tarde. ¿Te lo creerás si te digo que aquí la gente se lo tomó en serio?, claro, hasta llegaron a ponerle su número y todo: Autopista Continental número seis. Como si aquí hubiesen tantas vías de escape que hiciese falta numerarlas para saber por dónde se iba cada quien.
                                                                                  (ríe)
          ¿Y por qué no otro número, el siete o el quince, por ejemplo?, ¿y por qué no una letra, la X o la N, que son las letras de la indefinición?   
                                                                                (pausa y de pronto  seria)
          ¿y  por qué no un nombre, un color, un miedo, un temblor, una sombra...? No, tú esto ya no lo llegaste a conocer, tú y yo nos quedamos en lo del tren, y hoy no hablaremos de la Autopista Continental número seis,  ni de ninguna otra cosa más; con este calor se me han ido hasta las ganas de hablar.
                (pausa, recoge la foto, mira a lo lejos, la armónica sorda, lejana)
          No tengo ganas de seguir más, ni de hacer  nada en este miserable lugar..., ahora sólo deseo oír ese viento que se va.    
                                              (bebe despacio mientras escucha  la música que se va aflojando. Descenso lento de luz)
                                  

                              ____________ *____________
Ll. L.

Se representó por última vez en la Librería Spagnola de Roma



REO


Si el hombre no teme a la muerte,
¿Por qué amenazarle con la muerte?
(Lao-Tsé)

Desde detrás de los barrotes de mi celda, observaba muchas veces el mar monótono e inalcanzable que tantas veces había navegado en mi niñez acompañando de noche a mi padre en la pesca furtiva, o en el contrabando que debíamos recoger de otras barcas tan oscuras como la nuestra.
Una mañana que me alcé sobre la banqueta para ver la línea donde terminaba el mar  casi al pie de las murallas del penal, la volví a ver a ella sentada sobre una manta: entre los botes de pesca varados en la arena. Cerca de la orilla jugaba su hijo de ocho o nueve años, y de pie, apoyado en una de las barcas y también muy cerca de ella, observaba al niño un hombre alto con barba y ojeras de antiguo bebedor. Ellos dos no hablaban, miraban al pequeño, al mar,  y a veces también se miraban sin decirse nada. Lo reconocí, era el padre, y ahora la mujer vivía con otro hombre que no sabía con quien estaba ella en aquel momento.
Se estiró sobre la manta y cerró los ojos, permanecieron así mucho tiempo, hasta que la mujer se levantó, cogió al niño de la mano y se fueron despacio por la orilla. Yo observé a ambos hasta que mi posición me lo permitió. Allí abajo se quedó la manta vacía; el individuo del bigote ya se había ido, pero los tres volverían al día siguiente.
Desde que el sol volvió a iluminar la pared de mi celda, permanecí asomado aguardando el regreso de la mujer con su hijo. Los vi aparecer por el lado opuesto por el que desaparecieron el día anterior. Despacio  llegaron otra vez hasta el pie de mi celda, ella se sentó sobre la manta y el pequeño se fue a  la orilla a levantar castillos de arena que las olas desmoronaban sin consideración
Hacia el mediodía  abandoné la celda a través de los barrotes como una mancha de tinta que resbala  sobre  un mantel de hule inclinado. Me deslicé despacio por el muro áspero, avancé como sombra sobre la arena y cuando llegué donde estaban ellos, trepé por el casco del bote que estaba más próximo. Allí  volví a ser yo. Ella se incorporó un poco  y me miró, sonrió, igual como hizo el día anterior, yo llamé a mi hijo que  levantó su mano al verme. Permanecimos sin decir nada hasta que el sol comenzó a bajar y entonces ella se levantó, cogió al pequeño y siguieron el mismo camino de la tarde anterior. Por un momento estuve a punto de llamarlos y huir los tres en uno de los botes, pero lo único que hice fue acercarme al lugar donde había estado jugando el pequeño para tocar  el último castillo que se deshacía. En el mar vi mi reflejo: mi barba, mis ojeras y mi figura alta pero más flaca que nunca. 
En el interior de la prisión se oyó la sirena, era la alarma que denunciaba la huida de un preso: la mía.
Me tumbé sobre la manta que aún olía a ella, y así me pareció tenerla junto a mí; entre mis brazos; revueltos nuestros cabellos; nuestras lágrimas saladas de mar pequeño; su calor; su saliva; nuestras memorias desnudas de tiempo; la voz de mi hijo; el momento de mi hijo y de mi mujer.
Oí el portón del penal que se abría y los guardianes que gritaban  y los perros que ladraban buscando un rastro humano que no existía. Pero la patrulla y la jauría callaron de pronto cuando me vieron, a menos de veinte metros de la puerta, sentado sobre la arena, abrazado a una manta vieja que sólo olía  a tiempo y sueño.
—¿Cómo lo has hecho? —me preguntó el alguacil en su despacho. Le dije que no lo sabía.
 —¿Te ayudó alguien de dentro? —sonreí y le dije que no. Ordenó a los vigilantes, que no paraban de encañonarme, que me quitasen los grilletes y que guardasen sus armas. Ellos no entendieron pero obedecieron enseguida.
—¿Por qué no te fuiste en uno de los botes? Tú eras hombre de mar  —me dijo.
—Yo era hombre hasta que me encerraron —le contesté—. pero ahora, después de haber estado allí; de haberla vuelto a oler, y porque todo lo que quiero estaba en ese trozo de tela, lo vuelvo a ser. Lo demás sobra.
—¿Lo podrías repetir cuando quisieras? —yo no le contesté, porque no lo sabía. Ni siquiera sé si lo deseaba— ¿Sabes cuál es el castigo por intento de evasión?
             —La horca —dije. Y presentí la alegría de guardianes y verdugos—. Pero yo ahora, también soy tan libre como usted.  
El alguacil se levantó de la mesa y se acercó hasta donde estaba yo de pie en el centro de la sala.
—Aquí el único hombre libre eres tú —me dijo.
—Y usted, señor  —le contesté. Se acercó un poco más y me dio un abrazo.
Cuando dejé la mazmorra de castigo un año más tarde y me llevaron a la misma celda que había ocupado antes, lo primero que vi fue la manta de ella  plegada sobre mi banqueta. La cogí y la olí de nuevo: de alguna manera ella seguía estando allí. Me asomé al ventanuco y me quedé con la mirada fija en la monotonía del mar hasta que oscureció. Supe que ya no volvería a verla nunca más, ni tampoco a mi hijo.
De repente  tuve la certeza de que yo era un hombre libre, porque mi pensamiento también lo era, y para no olvidarlo no tenía más que acercar la conciencia a mi memoria; como las figuras que contemplé una vez de niño en la vidriera de una catedral, que sólo se veían cuando  las iluminaban  la luz del sol,  y entonces, con  una simple mirada, se podía ver que allí ya estaba todo escrito y a mi alcance: pasado,  presente y  futuro.

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Imagen: Barcas en la playa de J. Sorolla