Si el hombre no teme a
la muerte,
¿Por qué amenazarle
con la muerte?
(Lao-Tsé)
Desde detrás de los barrotes de mi celda, observaba muchas veces
el mar monótono e inalcanzable que tantas veces había navegado en mi niñez
acompañando de noche a mi padre en la pesca furtiva, o en el contrabando que
debíamos recoger de otras barcas tan oscuras como la nuestra.
Una mañana que me alcé sobre la banqueta para ver la línea donde
terminaba el mar casi al pie de las
murallas del penal, la volví a ver a ella sentada sobre una manta: entre los
botes de pesca varados en la arena. Cerca de la orilla jugaba su hijo de ocho o
nueve años, y de pie, apoyado en una de las barcas y también muy cerca de ella,
observaba al niño un hombre alto con barba y ojeras de antiguo bebedor. Ellos
dos no hablaban, miraban al pequeño, al mar,
y a veces también se miraban sin decirse nada. Lo reconocí, era el
padre, y ahora la mujer vivía con otro hombre que no sabía con quien estaba
ella en aquel momento.
Se estiró sobre la manta y cerró los ojos, permanecieron así mucho
tiempo, hasta que la mujer se levantó, cogió al niño de la mano y se fueron
despacio por la orilla. Yo observé a ambos hasta que mi posición me lo permitió.
Allí abajo se quedó la manta vacía; el individuo del bigote ya se había ido,
pero los tres volverían al día siguiente.
Desde que el
sol volvió a iluminar la pared de mi celda, permanecí asomado aguardando el
regreso de la mujer con su hijo. Los vi aparecer por el lado opuesto por el que
desaparecieron el día anterior. Despacio
llegaron otra vez hasta el pie de mi celda, ella se sentó sobre la manta
y el pequeño se fue a la orilla a
levantar castillos de arena que las olas desmoronaban sin consideración
Hacia el mediodía abandoné la
celda a través de los barrotes como una mancha de tinta que resbala sobre
un mantel de hule inclinado. Me deslicé despacio por el muro áspero,
avancé como sombra sobre la arena y cuando llegué donde estaban ellos, trepé
por el casco del bote que estaba más próximo. Allí volví a ser yo. Ella se incorporó un
poco y me miró, sonrió, igual como hizo
el día anterior, yo llamé a mi hijo que
levantó su mano al verme. Permanecimos sin decir nada hasta que el sol
comenzó a bajar y entonces ella se levantó, cogió al pequeño y siguieron el
mismo camino de la tarde anterior. Por un momento estuve a punto de llamarlos y
huir los tres en uno de los botes, pero lo único que hice fue acercarme al
lugar donde había estado jugando el pequeño para tocar el último castillo que se deshacía. En el mar
vi mi reflejo: mi barba, mis ojeras y mi figura alta pero más flaca que
nunca.
En el interior de la prisión se oyó la sirena, era la alarma que
denunciaba la huida de un preso: la mía.
Me tumbé sobre la manta que aún olía a ella, y así me pareció tenerla
junto a mí; entre mis brazos; revueltos nuestros cabellos; nuestras lágrimas
saladas de mar pequeño; su calor; su saliva; nuestras memorias desnudas de
tiempo; la voz de mi hijo; el momento de mi hijo y de mi mujer.
Oí el portón del penal que se abría y los guardianes que gritaban y los perros que ladraban buscando un rastro
humano que no existía. Pero la patrulla y la jauría callaron de pronto cuando
me vieron, a menos de veinte metros de la puerta, sentado sobre la arena,
abrazado a una manta vieja que sólo olía
a tiempo y sueño.
—¿Cómo lo has hecho? —me preguntó el alguacil en su despacho. Le dije
que no lo sabía.
—¿Te ayudó alguien de dentro?
—sonreí y le dije que no. Ordenó a los vigilantes, que no paraban de
encañonarme, que me quitasen los grilletes y que guardasen sus armas. Ellos no
entendieron pero obedecieron enseguida.
—¿Por qué no te fuiste en uno de los botes? Tú eras hombre de mar —me dijo.
—Yo era hombre hasta que me encerraron —le contesté—. pero ahora,
después de haber estado allí; de haberla vuelto a oler, y porque todo lo que
quiero estaba en ese trozo de tela, lo vuelvo a ser. Lo demás sobra.
—¿Lo podrías repetir cuando quisieras? —yo no le contesté, porque no lo
sabía. Ni siquiera sé si lo deseaba— ¿Sabes cuál es el castigo por intento de
evasión?
—La horca —dije. Y presentí la alegría de
guardianes y verdugos—. Pero yo ahora, también soy tan libre como usted.
El alguacil
se levantó de la mesa y se acercó hasta donde estaba yo de pie en el centro de
la sala.
—Aquí el único hombre libre eres tú —me dijo.
—Y usted, señor —le contesté. Se
acercó un poco más y me dio un abrazo.
Cuando
dejé la mazmorra de castigo un año más tarde y me llevaron a la misma celda que
había ocupado antes, lo primero que vi fue la manta de ella plegada sobre mi banqueta. La cogí y la olí
de nuevo: de alguna manera ella seguía estando allí. Me asomé al ventanuco y me
quedé con la mirada fija en la monotonía del mar hasta que oscureció. Supe que
ya no volvería a verla nunca más, ni tampoco a mi hijo.
De
repente tuve la certeza de que yo era un
hombre libre, porque mi pensamiento también lo era, y para no olvidarlo no
tenía más que acercar la conciencia a mi memoria; como las figuras que
contemplé una vez de niño en la vidriera de una catedral, que sólo se veían
cuando las iluminaban la luz del sol, y entonces, con una simple mirada, se podía ver que allí ya
estaba todo escrito y a mi alcance: pasado,
presente y futuro.
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Imagen: Barcas en la playa de J. Sorolla

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