MILONGA
A dos perros que vi una vez
caminando uno al lado del otro
por el arcén de la
autopista, como si fuesen amigos,
mientras les caía encima
un buen aguacero de levante.
El día no fue,
tampoco aquel, demasiado bueno, ya sabes hermano: esos intervalos vacíos entre
un hueco y otro hueco que si no los has llenado en el momento en que pasabas
sobre ellos, ya no los podrás llenar nunca más, pero como consuelo te queda aún
la última copa de mal coñac que ya te pagaré mañana Mígue, porque hoy estoy
seco del todo.
Y además una
de las cosas que más me fastidia en esas noches de frío y lluvia, que son
muchas, es que me tengo que subir la solapa de la gabardina para no helarme, y
entonces, con el cuello de la gabardina subida, lo primero que huelo es el
sudor y la mugre añeja que me recuerda el tiempo y el vacío.
—La puta —me
digo—, si al menos pasase alguna de esas cosas que no pasan nunca—. Por eso es
un gesto que evito siempre hasta el último instante. Puedes creerme, porque ya
sé que estas noches, cuando dejo la calle Tres Pasos y giro por Malsueño, el
ventarrón que baja desde el fondo de no
sé donde es como un sable de escarcha que me rebana el pescuezo y me cuaja el
alma.
Así que
cuando entré en el Baldos, la taberna del Mígue, lo primero que hice, como
siempre que manda el frío ahí fuera, fue quitarme la gabardina, sacudirle el
agua fría y colgarla en el perchero atiborrado con las zarrias, gorras y andrajos
de los mismos que cada noche me sofocarían con el humo del tabaco negro y el
vaho de vino y coñac. Nada excepcional, como te he dicho, pues que ya ni nos
saludamos ¿Y total, qué más da?
Pero fíjate,
que esa noche, cuando entré un poco más, oí algo así como música: música en el
Baldos, amigo, eso es como si cada mañana te despertase alguien dándote un beso
y te encontrases el bolsillo lleno de buena plata. Curioso. Agarré mi coñac y
llegué hasta el final del tubo, allí vi
a un tipejo oscuro liado a un acordeón, y en un estuche abierto junto a sus
pies, yacía una guitarra que parecía andar esperando su turno.
Yo no
entiendo de música, pero lo que tocaba el medio negro me llegó muy adentro,
porque no era la música de gente del mar, ni música del monte, ni música de arriba, ni de abajo,
a lo mejor, no era ni música, sino palabras que el pendejo decía sin letras y que llegaban a donde tenían que
llegar. Y en su música había algo que me hacía daño, o tampoco era eso, pero de
pronto, te juro que no supe si abrazarlo o abrirlo allí mismo.
Apuré mi copa
y le pedí otra al Mígue —me la apuntas—, y algo me pasó, porque cuando me di
cuenta estaba sentado frente al negro, con la guitarra entre medio de mis
piernas y con las manos sobre ella como si yo fuese un profesional. Ya ves, yo,
que la música para las noches del sábado, y sólo si hay alguna culona a la que
arrimarme un poco. Pues mis dedos, estos que son buenos para, en fin, para
otras cosas, comenzaron a subir y bajar, a apretar cuerdas con las puntas de
los dedos, parecía que supiesen de antemano lo que cada cuerda iría a decir
para quejarse o para reír; el índice de
la mano izquierda presionaba como una horquilla las seis cuerdas, al mismo
tiempo que el anular, el corazón y el meñique bailaban como saltimbanquis sobre
los trastes mientras la derecha acataba con obediencia religiosa. Y las dos
manos, cada una en su dominio, hacían lo
que brotaba de mi cabeza, que era como voces que venían empujadas por la música
del acordeón del hombre aquel, quien ni siquiera me miró ni por un momento.
Pero que él
ya sabía todo de mí, y que yo comenzaba a saber también mucho de él, me di
cuenta enseguida. Nos provocamos con la música;
a veces nos sonreíamos o nos desafiábamos, por momentos parecía que
caminábamos en silencio por todas las calles del puerto, sin importarnos la
lluvia de noche, y nos explicamos nuestros asuntos y nuestros percances y
nuestras alegrías, y nuestros velatorios de alguien que nos quiso —si es que lo hubo—, y de las caricias que
alguien nos dio —si es que hubo un cierto alguien que un día nos trató con
caricias. Y a mí, que cuando la sangre me empuja hace que la
lengua se mueva torpe como andar de borracho, las palabras y las ideas
me salieron esa noche muy bien
aprendidas y hablamos, sin letras, de todas esas cosas nuestras que
nadie sabía ni nunca más, por vergüenza o por orgullo, a nadie repetiríamos.
Pero a veces
su música también fue un páramo inquieto
sobre el que la voz de mi guitarra iba y venía llevada por un viento de tarde
áspera, porque ella sabía lo que yo guardaba en la cabeza; aunque a veces era
al revés, y el acordeón del mulato se levantaba sobre mi monotonía, y yo lo
miraba cuando, más que un instrumento, era una persona quien me estaba hablando. Así mucho tiempo, pero fue una clase
de tiempo que no habría ningún reloj capaz de medir en el que cupieron muchas
amanecidas y muchos ocasos, hasta que de repente los dos nos quedamos en
silencio, uno frente al otro, como tú y yo ahora, pero sin hablar.
Me levanté,
dejé la guitarra en su funda y me fui hasta la barra. Todo el mundo me miraba,
nunca el Baldos había estado tan lleno de gente callada.
–Toma —me
dijo el Mígue—: este es del bueno, los
de antes están pagados y los que vengan
también —Me tomé la copa de regalo y me fui del bar sin mirar atrás. La noche
era más fría que nunca, me dicen, pero yo no lo noté, ni recuerdo cómo fue el camino hasta mi casa.
Pero lo que
sí te puedo decir, es que aquel fue mi momento excepcional, ése que pasa una
vez y no más, mira: mi instante sublime, aunque la palabreja te haya sonado a
fina, compadre. Por eso yo ya no puedo volver nunca más a la taberna de Baldos, ni siquiera, por mucho frío que
tenga, a recoger la gabardina que se quedó allí... supongo que olvidada.
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Este
relato-cuadro forma parte de mi libro: ’19 cuadros a la sombra de otros
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