Amadisdetiana

Amadisdetiana
Luis López Sanz

lunes, 23 de enero de 2017

PRONTO FUIMOS SOMBRAS




Pronto fuimos unas sombras;
las sombras de una tenue polvareda;  
pronto siluetas imprecisas
que se perdieron para siempre
tras la revuelta del camino

El eco de algunas palabras,
la voz de un improbable beso:
es todo lo que quedaría  sellado
sobre la hoja de algún árbol,
entre las grietas de una roca

Las huellas, nuestras huellas paralelas,
que otros pasos borraron,
aún perdurarían en la simple grandeza
que podría contener una vida;
de un  instante sin raíz

Si pudiésemos ahora recuperarnos
en la imagen de un espejo
quizás nos diríamos:
‘Mira esas sombras lentas,
 parecemos nosotros’
  
             Si un alguien, que no existirá jamás,
viese años  más tarde
esas formas que se desvanecieron  
después del primer recodo, quizás diría:
‘Mira, si parecen ellos’

Por este camino tortuoso,
tú y yo ya no volveremos a pasar;
ya no seremos sombras
bajo la sombra de los árboles
que orillan el camino

Quizás, tampoco éramos tú y yo.


Ll.L.


La imagen ha sido realizada y cedida por Stefania Campanella

sábado, 3 de diciembre de 2016

KARA KITAP





Como ya indiqué en mi anterior artículo ‘Spoilers’ (ese artículo fue escrito en octubre, si deseas leerlo ahora: Click: Leer articulo SPOILERS. ),  comenzaba a leer en aquel momento la novela ‘El Libro Negro’  (Me gusta más su título en turco: Kara Kitap) del nóbel Orhan Pamuk, y, aunque con algunas heridas y traumas sicológicos,  hace ya unos cuantos días llegué al final, y llegué como aquél que acaba de atravesar una selva espesa de penumbra y niebla casi constante, pero todavía  no estaba muy seguro de si de veras había alcanzado el lindero o aún seguía en un engañoso final, porque había quedado atrapado para siempre en aquel bosque encantado como un simple Jack Torrance en  ‘El Resplandor’ (Stephen King), aunque con la diferencia de si realmente yo deseaba salir o permanecer allí durante mucho tiempo, porque el escenario no es un hotel vacio, sino  un Estambul frio, ambiguo, con gente y olor a especias; lleno de personajes que se mueven en taxis colectivos por calles de gente difusa,  apretada y medio misteriosa entre historias y voces complejas; un Estambul casi onírico al que me quedé pegado.
                                                  En las primeras páginas tuve la impresión de cierta similitud con alguna atmósfera kafkiana, pero no, en el Libro Negro comencé a  moverme entre espejos puestos delante de espejos que unas veces reflejaban a la propia persona y otras veces mostraban figuras desconocidas. La historia avanza, y se complica, con dos voces que en alguna ocasión se confunden intencionadamente; aparecen personajes salidos de improviso con la necesidad de explicar una historia —y así el libro a veces roza a las ‘Mil y una noches’—; historias independientes de gente sin mayor trascendencia pero cada una con un trasfondo similar: la confusión de la identidad propia y la dificultad de ser uno mismo (eje de la novela), porque cada narrador espontáneo parece saber desde siempre lo que el protagonista se calla a sí mismo.
                                                  En algún lugar de la novela se dice que los recuerdos pasan pero dejan rastro, y después un viejo periodista y escritor (cito de memoria) le dice a Galip (el protagonista principal cuya obsesión visible es encontrar a su esposa que lo acaba de dejar), que se plantee una historia donde la relación entre el pasado y el futuro sea el verdadero motivo del relato y no la búsqueda de su propia mujer, porque sólo en los recuerdos puede encontrarla.
                                                  Pensé que era  posible que el viejo periodista también le estuviese diciendo (y esto es una percepción mía) que es ahí donde se encontraría a sí mismo, porque cuando caemos, o hurgamos, en los recuerdos, bien sea al querer recordar situaciones y conversaciones, o bien sea al esforzamos en volver a lugares que ya habíamos visitado en el pasado, es porque en ellos a quien realmente estamos  buscando es a nosotros mismos. Pero en ambos casos —situaciones o lugares—, puede que los personajes anden tras una respuesta a una pregunta mal planteada que ni siquiera se hayan atrevido a hacerse en toda su magnitud, porque esa respuesta les puede llevar al lugar y al tiempo donde se comenzó a destruir una persona y a construir la esencia  de lo que son y lo que no son en la actualidad: un libro negro.
                                                  Como nos sucede a muchos en algún momento, Galip, a partir de ciertos hechos que ocurren en la novela, se siente el héroe de su propia vida-película, y con el aparente control de su persona obvía el miedo a llegar a ese lugar y tiempo crucial donde había comenzado a dejar de ser uno para ser otro y, también como nosotros, inicia una búsqueda —no sé si conscientemente o no— de las cosas a través de las cuales pueda identificarse, porque en las cosas en que uno se identifica, se encuentra la verdadera identidad.
                                                   —Nos reflejamos en aquello que nos identificamos —parece decir  el personaje.
                                                  Y es cuando comienza a identificarse en otra persona cuando aparece su propia personalidad y ¡Stop!, puedo caer en el efecto ‘Spoiler’.
                                                  También Estambul cuenta, porque es protagonista y espejo en el que se ve Galip:  su historia oscilante, entre dos continentes, su compleja cultura ‘bipolar’, su filosofía derviche en busca de la unidad  y su necesidad de ser ella misma se ve descrita en sus barrios, cafés, mezquitas, zocos, dédalos de calles con gentes que viven con cada pie, o con cada parte de su mente, en lados opuestos; como si fuese toda la ciudad una sola persona, pero ella no se refleja delante del espejo del País de las Maravillas, sino en las aguas que la rodea; que la separa y que la intercomunica al mismo tiempo Y esto, entre otras cosas que surgen en la novela,  hace que la ciudad sea un ente atractivo pero inquietante, como cuando nos enamoramos de alguien desconocido o nos vamos conociendo a nosotros mismos a medida que nos introducimos, sin maquillaje, por callejones oscuros que igual desembocan en espléndidas avenidas como en sórdidos solares de desechos y desperdicios.
                                                  Se abren muchos hilos en sus páginas que también se cierran, pero algunos quedan abiertos porque debe ser así, de lo contrario, podríamos pensar que ya nos han  engañado con una aventurita tonta de Hollywood con su asesinato incluido, pero nada más lejos, y por eso opino que si tuviese que reducir a una simple frase el motivo de  ‘El Libro Negro’, sin estar completamente seguro, diría que tiene su  base en la identidad propia; en ser uno mismo a pesar de la casi imposibilidad de lograrlo,  aunque esto sólo es una percepción, porque si la vuelvo a leer, cosa muy probable, puede que aún encuentre otros motivos en las muchas ideas, sugerencias, proposiciones y demás pensamientos que se abren a lo largo de la lectura y que aún tengo presentes.
    En momentos de alucinación lírica me pregunto qué pasaría si me empeño con mucha voluntad en coincidir con la mujer turca que leía ‘Kara Kitap’ en el tren porque es ella quien ha dado pie a los dos textos, y convertirme yo en otro Galip, pero en mi caso recorriendo la misma línea una vez y otra en la misma dirección de aquella tarde, porque ya me estoy preguntando si aquella mujer me puede decir cosas de mí que aún no sé, o que me dan cierto temor de saber y de recuperar porque no sé cómo encajarían en mi conciencia actual, pues nadie sabe si aquel encuentro del tren no fue más que una mera casualidad o una advertencia de mi destino: he aquí otro hilo abierto por culpa del Kara Kitap.

Ll. L.S.


Imagen de portada: ‘En el Zoco’ de Joan López

lunes, 28 de noviembre de 2016

BESO + INTRODUCCION A '19 CUADROS...'


Buen día, publiqué hace unos días en esta misma sección: MILONGA, dentro de mi nuevo trabajo ‘19 Cuadros…’, hoy muestro la introducción y otro relato del conjunto: BESO.

Un muy cordial saludo

La introducción:
                                                   EL PORQUÉ DE LOS 19 

Contrabandistas, policías y carabineros, músicos, vagabundos, magos, gente del mar y algún suicida, delincuentes, pescadores, escritores, desertores, borrachos, monjas, sinvergüenzas, prostitutas y otros personajes y situaciones —que si ni todas son mentira, juraría que tampoco han sido verdad del todo—, aparecen en vuestros relatos.
Historias de las que se habla cuando se habla sobre las cosas que nos  han pasado, o que no, y de las que intuimos que esconden algo que no sabemos explicar. Relatos cortos con poco adorno, casi inaprensibles a su paso, como una intuición o como un sueño: pero así me los contasteis y que yo sólo he ordenado, dejando cada uno en el  lugar que a mí me ha parecido más oportuno; como cajas de música en un conjunto que  no está construido al azar.
Tres cosas me han llamado la atención: la primera es que en casi todas vuestras historias aparecen la noche y el mar ¿Será porque de noche los acontecimientos parecen más breves, aunque sea para explicarnos toda una vida que de forma incomprensible parecen derivar de pronto hacia un camino que se pierde en un espacio inaudito? La segunda,  es que muchos de vosotros ni me dijisteis vuestros  nombres, supongo que no los debisteis considerar significativos ni elementos invariables, y la tercera es que en la mayor parte aparece el concepto de viaje, lejos,  casi siempre por mar, no sé si simbólico o real, pero vosotros sabréis el por qué.
¿Dónde estáis hoy día?
Vosotros, y  también vuestras voces, me parecen ahora estar muy lejos, y os recuerdo como a cuadros que vi alguna vez en una exposición anónima.


Y el segundo relato de 19 Cuadros… que muestro en abierto::
                                       
                                                BESO

(Este relato ya ha recibido buena acogida y comentarios, pero copio uno  que me ha hecho gracia:
 “indebida…mente sorprendente” de Fabio Descalzi.
Cuando leí lo de “Indebida” me alarmé un poco (¿Por dónde me van a salir ahora?), si hubiese sido “Incorrecta…” lo hubiese entendido, pero enseguida se aclaró, y sonreí con el ingenio)
         




El trabajo de vigilante nocturno en el muelle de San  Beltrán es duro, por eso sólo nos atrevemos con él los más osados; quienes estamos a la vuelta de todo pero aún guardamos violencia y rabia en el talante, o a quienes no nos gusta demasiado doblar el lomo como esos desgraciados estibadores, que antes de los cuarenta  ya andan más torcidos que los  ganchos con que levantan  fardos.
Mi jornada siempre acababa a las seis de la mañana, todo el año: catorce noches seguidas y una de descanso, cayese cuando cayese. Algunas noches, cuando en invierno el frío y  la humedad nos hacían olvidar hasta  nuestro propio nombre, nos juntábamos los tres vigilantes y, aunque lo teníamos prohibido, encendíamos una hoguera dentro de algún bidón viejo entre medio de los tinglados a la que solían acudir, como alimañas atraídas por la luz, los vagabundos y delincuentes de medio pelo que merodeaban por el puerto.
Ellos, que conocían los horarios de nuestras rondas, aprovechaban los momentos vacíos para robar lo que podían, aunque nosotros les dejábamos, porque al fin  y al cabo no eran más que cosas casi malogradas y simples de tan poco valor como su vida:  unos puñados de grano, unos kilos de azúcar, sal, harina..., tan poco, que a veces no nos molestábamos ni en correr detrás de ellos, y total ¿Para qué?: un par de guantazos, algún porrazo y dejar lo que habían cogido para que se lo llevase otro. Y así pasábamos la noche.   
Una madrugada de febrero en la que cortaba un inhumano viento del norte, nos habíamos apretado en torno al fuego prohibido los vigilantes, una decena de pordioseros a quienes en las noches de frío les dejábamos acercar a nuestro fuego —y de esta forma, como los teníamos controlados, nos ahorrábamos alguna caminata entre la oscuridad y el helor—,  y una manada de ratas que nos observaban a una treintena de pasos, las pobres.
Casi nunca hablábamos con los miserables,  como mucho les pasábamos la  botella de vino o de cazalla, si nos sobraba a nosotros, y a lo que siempre nos contestaban lo mismo:
—Gracias jefe.
Pero esa noche, entre la pandilla de infelices,  vi una cabeza cubierta por una manta cochambrosa que cerraba un rostro moreno con unos  ojos negros y grandes en los que brillaba nuestro fuego furtivo, y que me miraban como si de veras yo fuese el jefe de aquella especie de manada mezcla de legales y de delincuentes. En toda la noche los ojos de la cría —no debía tener más de dieciséis años—, no me los pude quitar de encima, y  me estaban diciendo algo que yo aún no podía comprender. Pero fuese lo fuese lo que me querían decir, debió llegar  hasta un lugar tan escondido de mi persona que, aunque yo no sabía ni que existiese, muy importante  debía ser el sitio en donde se guardó, porque ya nunca más pude olvidar a la gitanilla ni a su mirada.
Acabó mi turno y antes de ir a casa con Delia, mi mujer, me acerqué por donde la Marisa, la otra, como hacía muchos días, y en su cama  me quité el frío hasta cerca de las ocho de la mañana. Cuando salí de su casa aún era noche y,  lo primero que pensé al pisar la calle, fue que ojalá nunca más volviese el sol.
En casa, mi mujer me esperaba sentada en la mesa bebiendo un café muy negro. No nos dijimos nada pero yo le cogí la mano y le noté las arrugas que comenzaban a hacérsele en la piel. Me di cuenta de los años que hacía  que no le cogía las manos a Delia. Nos miramos. Sin saber por qué, me levanté y me senté a su lado y la besé en la cara, suponiendo que besaría también  el frío de su rostro y sus arrugas pequeñas, pero besé una mejilla cálida. Cuando me aparté para besarle el otro lado de la cara, nos rozamos los labios, y no fueron los suyos, ni los míos, me detuve en su boca, o ella en la mía, y nos dimos un beso como creo que no nos lo habíamos dado en toda nuestra vida. Con aquel beso yo deseaba que ella entrase en mí y Delia deseaba que yo fuese ella, y los dos queríamos ser una sola persona durante  todo el tiempo que duró. Después le besé la nariz, la barbilla, la oreja, volví a su boca, nos separamos y nos quedamos mirándonos en silencio todo el tiempo que quisimos, hasta que tuvimos vergüenza de mirarnos porque nos parecía que estábamos haciendo algo prohibido.
Comencé a desnudarla, y ella a mí, y nos amamos en el suelo, allí mismo, con la luz de la mañana. Nuestros amores, que siempre habían sido apretones nocturnos y sin palabras pero con olor a cazalla; amores de cosa a oscuras para que pasasen medio inadvertidos y así poder dudar luego de que habíamos sido nosotros, fueron entonces amores bajo la luz que no disimula nada.
Y vi sudar a Delia y la oí gritar, la vi morderse los labios; apretar los ojos mientras caía por el abismo, o quizás es que quería fijar para siempre en su memoria aquel arranque que vivíamos como novatos;  vi, creo que por primera vez, toda la belleza de su sexo cuando se despertaba y se abría a la mañana, a mí, a nosotros dos. Nos amamos varias veces más durante el día, mirándonos y observándonos,  emborrachados por culpa  de la luz que cambiaba con las horas y que también nos arrastraba con ella a Delia y a mí, y aún continuamos con lo nuestro durante esa noche que pasé en casa porque era mi turno de descanso,  aunque para nosotros ya no fue otra noche más de nieblas y trámite, sino que fue una noche grande, porque a veces me pareció que  nos amábamos en medio del desierto, o del mar, bajo la mirada de miles de estrellas  sinvergüenzas que se burlaban de nosotros dos.   
Al día siguiente dormimos hasta la tarde. Cuando nos despertamos nos miramos,  reímos sin saber de qué y volvimos a darnos un beso, y sólo uno: casi como el que nos sacudió el día anterior de aquella forma imposible de explicar y de predecir tan sólo veinticuatro horas antes.
Mientras me vestía me acordé de la gitanilla y comprendí que, sin saberlo, ella  había estado escondida  en mi cabeza desde que la vi en mi última noche de trabajo. Al despedirme de Delia, un último beso, éste de ritual, y mientras la miraba apoyada en la puerta, creo que entendió que ya no habría más “Marisas” en mi vida.
Durante la noche, el viento helador que no  pararía en todo el mes de febrero, nos obligó a encender la hoguera del bidón y volvió a atraer a los ladronzuelos de cada noche. Busqué entre ellos a la muchacha, pero no la vi, cuando les pasé un paquete de cigarrillos para que fumasen les pregunté por la cría de la otra noche. Algunos se rieron.
—¿Qué cría, jefe? Aquí no queremos mujeres, esto es sólo  para los hombres.
—¡La cría aquélla, joder! La que anteayer estaba sentada ahí, entre  tú y tú.
—Que no jefe, que no, que aquí mujeres no, ni viejas ni maduras ni jóvenes.
—Hombre, que las mujeres son  para el verano, y por la noche en la playa.
Todos rieron, hasta los otros dos compañeros míos. Reconozco que me pasé cuando fuera de mí,  cogí  a uno de los vagabundos  por las solapas del chambergo y casi lo levanté en el aire.
—¡Dime dónde está  o esta noche no sales de aquí! —.Le amenacé. El hombre se puso a temblar y todos los demás comenzaron a apartarse y a desaparecer de nuestro rincón.
—¡Jefe, que le juro que no, por la Virgen, que mujeres aquí no! Nunca ¡Te lo juro!
Los dos vigilantes se me vinieron encima y me quitaron al infeliz de las manos, que salió huyendo por las sombras, detrás de sus compinches.
—¡Basta ya! El viejo tiene razón, aquí jamás hemos tenido mujeres, y en tu última  noche de trabajo tampoco las hubo.
Cuando finalizó mi turno, tomé una última cazalla en el kiosco que abría de madrugada para los trabajadores, después me subí la solapa del chaquetón y me fui caminando junto a la playa hacia el barrio de Somorrostro, si no encontraba allí a la gitanilla, la buscaría por la Perona, por Gracia, por Hostafrancs, por las Casas Baratas, por Can Valero, pero debía encontrarla para que me explicase —aunque fuese con una mentira—, qué era lo que ella había despertado para que sucediese todo lo que me sucedió en las últimas cuarenta y ocho horas y que yo no quería olvidar nunca más.

                                   ———— *————
L.L.S.

Imagen  ‘La Hoguera’ es obra de Joan López

Como en MILONGA, se puede ver la novela ‘19 Cuadros a la Luz de Otros Tiempos’ yendo a AMAZON a través de:
            

miércoles, 23 de noviembre de 2016

19 CUADROS A LA LUZ DE OTROS TIEMPOS <> EL BOTAS

¡Escribamos!  Presento mis dos novelas nuevas, las que me han complicado un poco la vida en los últimos meses:   

 


Ahora (!)  mis dos nuevos títulos, '19 CUADROS CUADROS A LA LUZ DE OTROS TIEMPOS' y 'EL BOTAS',
Con sus 19 (o 20) historias duras movidas por personajes de lo que hoy llamaríamos outsiders, como también era algo outsider la Barcelona que a veces aparece por aquí
Algunos de ellos están fabricados con un buen porcentaje de realidad que he conocido o me han explicado, y el resto es imaginación. 
'El Botas' es diferente, o puede que no tanto. En todo caso es un trabajo anterior.
Se publican en formato digital e impreso en AMAZON, las digitales  con precio de lanzamiento muy, muy especial hasta el 16 de Diciembre, fecha de emisión, en impreso ya están disponibles las dos en un sólo tomo.



Si queréis curiosearlas un   poco, desde  mi página personal será un placer:


Gracias a todos
y a Joan López por su trabajo de ilustración, sólo visible en una ínfima parte
L.L.S.



LECTURA y CRÍTICA de ¿Dönde yaces, Theodorita Seoane?


LECTURA  y CRÍTICA  de ¿Dónde yaces, Theodorita Seoane?  
realizada por el Profesor y Escritor  D. Manuel Castillo Molina en Goodreads, Noviembre 2016


"¿Dónde yaces, Theodorita Seoane?" es una curiosa y atrevida historia no fácil de encuadrar. Desde el punto de vista formal es una novela epistolar —en la que tan solo se ofrecen las cartas de uno de los dos corresponsales— y, por el contenido, una novela con rasgos de novela negra, en la que no faltan finos desarrollos psicológicos, una buena carga de erotismo, un humor ácido, corrosivo y, en ocasiones, breves incursiones en el ensayo.
La historia se desarrolla a través de cartas que ofrecen a menudo pistas de una ambigüedad o indefinición pretendidas, para desdibujar los lugares en que discurre la acción. Así, la ubicación del emisor de las epístolas se mueve en el norte de España, pero el lector no está seguro nunca del lugar exacto. Es más, por la reiteración en la ambigüedad, parece claro que el autor recurre conscientemente a ella, porque la mayoría de las ocasiones en que señala un lugar, procede inmediatamente a corregirlo a través de una frase que introduce la duda: 
“Lunes, [...] en una Colunga lluviosa mas no fría —por ubicarme en algún sitio...”
“Me acerqué unos días atrás a Palencia, creo que era Palencia...”
 
Lo mismo sucede con los registros de la circunstancia de tiempo:
“Es un lunes de principios de septiembre... “
Este desdibujamiento, indefinición o ambigüedad se produce también en el caso de los personajes de la historia. Desconocemos el nombre del protagonista, cuya firma es siempre ilegible, y otros nombres, como la señora Theodorita, no parecen asegurar excesiva fiabilidad onomasiológica.
 
La propia historia narra una turbia sucesión de elementos inquietantes cuyo significado el lector nunca está seguro de interpretar acertadamente. Esa indefinición, esa ambigüedad de todos los elementos de la historia que narra Luis Sanz dota a su obra de cierta intemporalidad, al tiempo que le proporciona un valor representativo de la comedia humana que intenta reflejar en sus páginas.
A través de las cartas conocemos la historia del redactor, en la que se entremezclan retazos del presente y del pasado, que parecen condicionar la venganza final (si es que hemos interpretado acertadamente una novela tan abierta).
Por lo demás, "¿Dónde yaces, Theodorita Seoane?" capta nuestra atención desde la primera página tasta la última, a pesar de una acción segmentada en 28 tomas distintas, tantas como las cartas, o puede ser que 
precisamente por ello. 
                                                                                       * * * * * *
La novela está publicada en AMAZON en formato digital e impreso: mas detalles en mi blog, 



sábado, 19 de noviembre de 2016

MILONGA

MILONGA
A dos perros que vi una vez caminando uno al lado del otro
por el arcén de la autopista, como si fuesen amigos,
mientras les caía encima un  buen aguacero de levante.


El día no fue, tampoco aquel, demasiado bueno, ya sabes hermano: esos intervalos vacíos entre un hueco y otro hueco que si no los has llenado en el momento en que pasabas sobre ellos, ya no los podrás llenar nunca más, pero como consuelo te queda aún la última copa de mal coñac que ya te pagaré mañana Mígue, porque hoy estoy seco del todo.
Y además una de las cosas que más me fastidia en esas noches de frío y lluvia, que son muchas, es que me tengo que subir la solapa de la gabardina para no helarme, y entonces, con el cuello de la gabardina subida, lo primero que huelo es el sudor y la mugre añeja que me recuerda el tiempo y el vacío.
—La puta —me digo—, si al menos pasase alguna de esas cosas que no pasan nunca—. Por eso es un gesto que evito siempre hasta el último instante. Puedes creerme, porque ya sé que estas noches, cuando dejo la calle Tres Pasos y giro por Malsueño, el ventarrón  que baja desde el fondo de no sé donde es como un sable de escarcha que me rebana el pescuezo y me cuaja el alma.
Así que cuando entré en el Baldos, la taberna del Mígue, lo primero que hice, como siempre que manda el frío ahí fuera, fue quitarme la gabardina, sacudirle el agua fría y colgarla en el perchero atiborrado con las zarrias, gorras y andrajos de los mismos que cada noche me sofocarían con el humo del tabaco negro y el vaho de vino y coñac. Nada excepcional, como te he dicho, pues que ya ni nos saludamos ¿Y total, qué más da?
Pero fíjate, que esa noche, cuando entré un poco más, oí algo así como música: música en el Baldos, amigo, eso es como si cada mañana te despertase alguien dándote un beso y te encontrases el bolsillo lleno de buena plata. Curioso. Agarré mi coñac y llegué hasta el final del tubo,  allí vi a un tipejo oscuro liado a un acordeón, y en un estuche abierto junto a sus pies, yacía una guitarra que parecía andar esperando su turno.
Yo no entiendo de música, pero lo que tocaba el medio negro me llegó muy adentro, porque no era la música de gente del mar, ni música  del monte, ni música de arriba, ni de abajo, a lo mejor, no era ni música, sino palabras que el pendejo decía sin  letras y que llegaban a donde tenían que llegar. Y en su música había algo que me hacía daño, o tampoco era eso, pero de pronto, te juro que no supe si abrazarlo o abrirlo allí mismo.
Apuré mi copa y le pedí otra al Mígue —me la apuntas—, y algo me pasó, porque cuando me di cuenta estaba sentado frente al negro, con la guitarra entre medio de mis piernas y con las manos sobre ella como si yo fuese un profesional. Ya ves, yo, que la música para las noches del sábado, y sólo si hay alguna culona a la que arrimarme un poco. Pues mis dedos, estos que son buenos para, en fin, para otras cosas, comenzaron a subir y bajar, a apretar cuerdas con las puntas de los dedos, parecía que supiesen de antemano lo que cada cuerda iría a decir para quejarse o para reír;  el índice de la mano izquierda presionaba como una horquilla las seis cuerdas, al mismo tiempo que el anular, el corazón y el meñique bailaban como saltimbanquis sobre los trastes mientras la derecha acataba con obediencia religiosa. Y las dos manos, cada una en su dominio,  hacían lo que brotaba de mi cabeza, que era como voces que venían empujadas por la música del acordeón del hombre aquel, quien ni siquiera me miró ni por un momento.
Pero que él ya sabía todo de mí, y que yo comenzaba a saber también mucho de él, me di cuenta enseguida. Nos provocamos con la música;  a veces nos sonreíamos o nos desafiábamos, por momentos parecía que caminábamos en silencio por todas las calles del puerto, sin importarnos la lluvia de noche, y nos explicamos nuestros asuntos y nuestros percances y nuestras alegrías, y nuestros velatorios de alguien que nos quiso  —si es que lo hubo—, y de las caricias que alguien nos dio —si es que hubo un cierto alguien que un día nos trató con caricias. Y a mí, que cuando la sangre me empuja  hace que la  lengua se mueva torpe como andar de borracho, las palabras y las ideas me salieron esa noche muy bien  aprendidas y hablamos, sin letras, de todas esas cosas nuestras que nadie sabía ni nunca más, por vergüenza o por orgullo, a nadie repetiríamos.
Pero a veces su música  también fue un páramo inquieto sobre el que la voz de mi guitarra iba y venía llevada por un viento de tarde áspera, porque ella sabía lo que yo guardaba en la cabeza; aunque a veces era al revés, y el acordeón del mulato se levantaba sobre mi monotonía, y yo lo miraba cuando, más que un instrumento, era una persona quien me estaba  hablando. Así mucho tiempo, pero fue una clase de tiempo que no habría ningún reloj capaz de medir en el que cupieron muchas amanecidas y muchos ocasos, hasta que de repente los dos nos quedamos en silencio, uno frente al otro, como tú y yo ahora, pero sin hablar.
Me levanté, dejé la guitarra en su funda y me fui hasta la barra. Todo el mundo me miraba, nunca el Baldos había estado tan lleno de gente callada.
–Toma —me dijo el Mígue—: este es del bueno,  los de antes están pagados  y los que vengan también —Me tomé la copa de regalo y me fui del bar sin mirar atrás. La noche era más fría que nunca, me dicen, pero yo no lo noté, ni recuerdo cómo fue  el camino hasta mi casa.
Pero lo que sí te puedo decir, es que aquel fue mi momento excepcional, ése que pasa una vez y no más, mira: mi instante sublime, aunque la palabreja te haya sonado a fina, compadre. Por eso yo ya no puedo volver nunca más a la taberna  de Baldos, ni siquiera, por mucho frío que tenga, a recoger la gabardina que se quedó allí... supongo que olvidada.   
                       
                            _____________ *_____________


Este relato-cuadro forma parte de mi libro: ’19 cuadros a la sombra de otros tiempos’ en AMAZON, en formato e-reader y en impreso.
Mi Blog en WP es: